Luna caliente, de Mempo Giardinelli
1977, la Argentina está sumergida en el horror. Tras ocho años de estudios en Francia, Ramiro vuelve al Chaco natal. Es un triunfador, un hombre prestigioso. Grandes esperanzas se depositan en él. Sin embargo, los planes más ajustados y precisos pueden desbaratarse en un instante.
Invitado a comer a la casa de unos amigos del padre, Ramiro conoce a Araceli, la hija del dueño de casa, una niña de apenas trece años. Y queda hechizada por ella. Ramito queda a merced de su propio deseo incontrolable, una sensualidad arrebatada que empaña su juicio. Al día siguiente, y quizás para siempre, será otro, alguien en quien ya se reconoce, capaz de matar y de precipitarse en un mundo desconocido y fatal.
-Sólo quiero tocarte -susurró, con voz casi inaudible, reconociendo la pastosidad de su paladar-. Sos tan hermosa…
Y empezó a acariciarla con las dos manos, sin dejar de mirarla, ahora, a todo lo largo de su cuerpo, siguiendo con su vista el recorrido de sus manos, que subieron por las piernas, por las caderas, se juntaron sobre el vientre, treparon lenta, suavemente, por el tórax hasta cerrarse sobre los pechos. Ella temblaba.
Ramiro la miró nuevamente a los ojos:
-Qué divina que sos -le dijo, y fue entonces que advirtió en ella el terror, el miedo que la paralizaba. Estaba a punto de gritar: tenía la boca abierta y los ojos que parecían querer salírsele de la cara.”
Para seguir navegando:
Luna caliente: metáfora de la dictadura
Ivan Thays cuestiona una posible version dirigida por Vicente Aranda
La escena del encuentro, en una versión de Globo (TV Brasil)
