Infancia, de J. M. Coetzee
Recordar: del latín re-cordaris,
volver a pasar por el corazón
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos
“Viven en una urbanización a las afueras de Worcester, entre las vías del ferrocarril y la carretera nacional. Las calles de la urbanización tienen nombres de árboles, aunque todavía no hay árboles”. Lo primero que se aprecia de las memorias de J. M. Coetzee es que están escritas en presente y en tercera persona. Como si el hecho de recordar tuviera el efecto de convocar cada recuerdo al presente. Como si la experiencia vivida sólo pudiera comunicarse como ficción. O también: como si no fuera posible escribir una autobiografía.
La infancia de John no es una época de nostalgias –lo que podemos observar ya desde aquella primera frase, con la árida mención de una calle sin árboles:–. La familia, la escuela, la iglesia, el grupo scout, Worcester y Ciudad del Cabo. En cada ambiente se presiente una violencia subterránea que todo lo tiñe. El chico no pertenece: se ve a sí mismo como un extraño. John debe refugiarse en una vida interior, necesariamente cada vez más fecunda.
Infancia es el primer volumen de las memorias, que se continúan en Juventud. ¿Por qué Coetzee se ha decidido a escribirlas? Tal vez, porque siente la responsabilidad. “Lo han dejado a él solo con todos los pensamientos –reflexiona sobre el final del libro–. ¿Cómo los guardará todos en su cabeza, todos los libros, toda la gente, todas las historias? Y si él no los recuerda, ¿quién lo hará?”
