Ya llegan las noticias cruzando el mar
Charly García, Ojos de videotape
Martín Caparrós comienza a escribir el diario de viajes en el primer avión. Tiene por delante 28 días –una luna– de viajes pactados por la ONU. El objetivo es cruzar ocho o diez países y escribir sobre los que viajan de verdad: inmigrantes que huyen del hambre, la sed, la pobreza, la guerra, el dolor.
Viajar es, por supuesto, la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares. Si realmente creyera que no necesito nada más sería un necio. Si realmente creyera que no necesito nada más sería feliz. Lo intento, desde hace mucho tiempo.
El diario mantiene dos niveles de narración. Por un lado, el del discurso interior del escritor que, pasmado por la velocidad de traslados, define estos tiempos como los del hiperviaje –“esto no es una crónica: es sólo un diario de hiperviaje”–: la facilidad de los saltos entre aviones, los cambios abruptos de temperatura, las ciudades que se suceden previsiblemente sin dejar marcas importantes. Por otro lado, la gente entrevistada: una mujer tuerta vendida por su marido a un tratante por tres mil dólares, un refugiado político de Costa de Marfil que sobrevive vagabundeando en España, el silencio de los que incendiaban autos en la noche parisina, una joven musulmana holandesa segregada por ambas comunidades.
Los ricos se imitan entre sí, las clases más pudientes se aíslan y edifican caserones al estilo calforniano. Pero también los pobres se imitan: los mercados que solían ser diferentes en cada lugar ahora están abarratodos de los mismos caramelos, devedés truchos, anteojos y relojes chinos, pelotas de fútbol, celulares robados. Si en la globalización se diluyen las identidades, sólo estos desclasados –estos desechos de la globalización– son los que mantienen cierta individualidad: la tragedia es siempre personal, digan lo que digan las encuestas.
Dos chicos hablan con Caparrós. Tienen dieciocho años, fueron soldados desde los diez hasta los diecisiete. Extrañan la guerra: extrañan matar. “Si alguien cree que a los hombres les importa lo que le pasa a otros hombres, que se venga a Monrovia. O que vaya a Florencio Varela”.
