Por Clara Levin
Esta reseña es a pedido de un amigo, PZ, para quien este libro es muy querido. La línea de Beatriz Doumerc y Ayax Barnes, publicado en 1974 ya es un clásico de la literatura infantil latinoamericana –mejor dicho, desde que nació ya era un clásico. Todos los chicos argentinos que crecieron en el exilio y todos los que tenían padres con acceso a libros comprometidos crecieron pasando y repasando sus páginas. No por nada La línea obtuvo en 1975 el Premio Casa de las Américas y no por nada tampoco fue censurado posteriormente en nuestro país por la dictadura militar. En 2003 la editorial Del Eclipse lo reeditó en su colección de libros-álbum, y fue reimpreso en 2007.
En la tapa del libro hay dos definiciones y dos apostillas que condicionan radicalmente la lectura. A saber: “Línea: sucesión de puntos. Historia: sucesión de hechos. Los puntos hacen la línea. Los hombres hacen la historia.” Para quien lee la tapa deja de ser posible encarar el libro ingenuamente. Queda establecida la analogía entre la línea celeste (una protagonista del libro) y los puntos que la forman, y la historia (nacional) y los hechos que la conforman. A su vez, las apostillas dejan en claro que son los hombres quienes trazan líneas e historias; es decir, que la agencia y responsabilidad de unas y otras recaen sobre ellos –y por extensión, sobre nosotros los lectores que estamos incluidos dentro de la categoría genérica “hombres”. Dicho lo cual, se colige que el material que sigue –ilustraciones de un hombrecito perfilado en negro junto a una volátil línea azul que se transforma– debe ser interpretado de manera responsable por todo lector que se considere un “hombre”.
En mi lectura, el libro se divide en siete capítulos o partes que comienzan anafóricamente “Un hombre con una línea…” La primera parte muestra los usos de una línea para un hombre. La segunda muestra las complicaciones que puede enfrentar un hombre con una línea. La tercera muestra cómo una línea puede separar en vez de unir (cosas, personas, eventos). La cuarta enfatiza la anterior con imágenes denunciatorias de encarcelamiento y muerte. Luego sigue un quiebre; tres páginas visualmente diferentes al resto –las páginas negras de la historia en todos los sentidos– califican a la parte anterior como una donde “el hombre marcha contra la historia”. A continuación hay en el libro una ‘vuelta de página’ y la quinta parte comienza, a diferencia de las que la preceden, “Un hombre con una línea para marchar” (los puntos suspensivos son reemplazados por un fin); esta parte expone metas en la construcción de una sociedad nueva. En la sexta y última parte el sujeto es “muchos hombres” y se describe más la sociedad que, con una línea, pueden construir.
La aparente sencillez del libro atrapa la atención. Una primera reacción a la lectura es: “Guau, ¡todo lo que puede hacer un hombre con una línea!” Luego se aprecia que las páginas, que muestran apenas un hombre, una línea y una pequeña frase descriptiva, son despojadas pero, a la vez, enormemente sugestivas y simbólicas. En cada una hay un juego sutil de formas, palabras y colores, y del conjunto surge tanto una composición estética como un mensaje socio-político y un compromiso ideológico. En cuanto al color, aunque La línea usa una paleta de sólo tres (blanco, negro, celeste), éstos están cargados de significado. Por ejemplo, la falta del celeste comunica una realidad desahuciada, su plenitud al cierre del libro transmite esperanza y optimismo y, en combinación con el blanco, remite a la bandera argentina. Asimismo, la utilización del blanco comunica; allí se concentra todo lo no-dicho y lo no-decible, y sugiere, insinúa y provoca al lector a completar los espacios ‘en blanco’. El blanco se utiliza dentro de la ilustración y también fuera de ella, en las páginas que no están ilustradas, creando como silencios musicales o cesuras (para usar un término literario) que le brindan a la lectura un ritmo inusual, fresco y, además, significativo.
La elección de una línea como elemento central es por demás prolífica. La línea es, por un lado, el elemento básico de los lenguajes de la escritura y de la ilustración que posibilitan la existencia del libro y, por extensión, de la significación; por el otro lado, en sentido figurado, la línea remite a conceptos como línea de acción, línea de pensamiento, bajada de línea y otras metonimias productivas. El resultado es un diálogo constante entre las líneas materiales y las abstractas.
La ideología de La Línea está anclada en un discurso socialista y guevarista característico de los años setenta. Por ejemplo, el término “Patria grande” refiere a la pertenencia común de las naciones latinoamericanas y el imaginario colectivo de una posible unidad política. Y la exhortación a construir una patria grande donde viva el “hombre nuevo” remite a la ética individual guevarista solidaria, altruista y despojada de intereses materiales. Pero también el libro es lo suficientemente fértil que se puede interpretar de muchas maneras. La época en la que fue escrito y el hecho de haber estado prohibido durante la dictadura lo apropian al contexto específico de la realidad argentina. Y para los que fuimos niños en los setentas u ochentas y para nuestros padres, La línea nos hablaba directo a nosotros, a lo más profundo.
Hoy la lectura de este libro me parece fecunda y entrañable. Lo pueden leer niños, jóvenes y adultos porque ofrece distintos niveles de lectura; no creo que sea exclusivamente para chicos. En ese sentido, la descripción de los libros-álbum de Del Eclipse es sumamente apropiada: “Libros-álbum: libros en que texto e imagen funcionan inseparables para construir una historia. Libros en donde las imágenes dicen tanto como las palabras. (…) Para chicos y grandes. Libros para leer mirando.” Cuando le leí La línea a mis hijas de tres años, me pareció que el texto en sí no les resonaba mucho –no por ahora, tal vez son demasiado chicas. Pero lo que sí les resonó fue percibir o intuir que había algo cifrado en sus páginas que a quien se los leía (en este caso, yo) le parecía importante legarles. Y esto, creo, también es una parte fundamental de la experiencia de lectura. Lo que a mí me gustaría transmitirles es que La línea es un libro que, pese a y, fundamentalmente, por su brevedad y carácter escueto, pone de relieve los problemas de la inscripción y llama a la reflexión sobre la escritura de la historia. Construye una estimulante escena de lectura con su particular ecuación de palabra, ilustración, alegoría, silencio, ritmo y color. Suscita la lectura crítica y forma lectores.
¿Qué más puedo pedirle a un libro que comparto con mis hijas (y conmigo misma)? ¿Qué más se puede pedir a un libro?

lo tengo, lo lei y lo regale “archiveces”
bello, movilizante, estimulante libro.
gracias!
ale.