Entrevista a Reynaldo Sietecase.
Por P.Z.
Reynaldo Sietecase podría encarnar el paradigma del escritor oculto. Con seis libros de poesía y un abordaje sobre la literatura policial (la novela Un crimen argentino y el libro de cuentos Pendejos), sigue intentando que se le reconozca el camino transitado como escritor, además de periodista. “Soy un bicho raro: tengo seis libros de poesías y a no me invitan a leer a ningún lado” –señalará durante la charla–. “No me terminan de registrar, una cosa de locos. Escribo desde los 14 años, tipos grossos han hablado de mi poesía, y sin embargo: este tipo no es poeta, no puede ser poeta”.
¿Es por la exposición periodística?
No lo sé, les cuesta un poco. Y con la literatura: cuidado. “Este tipo es periodista, que se deje de romper las bolas, qué está haciendo”. No lo veo como algo tan malo porque hay poetas inmensos, acabamos de publicar con Esteban Moore una antología de María Meleck Vivanco: 85 años, la poeta surrealista más importante que tiene la Argentina, hacía 30 años que no publicaba. No sale una línea en ningún lado. ¿Yo me voy a quejar? Estos tipos son gigantes y nadie les da bola. Me lo tomo bien porque como soy periodista sé que parte del desconocimiento, de la locura, de las capillas literarias. Hace poco escribí una contratapa sobre Mario Benedetti en Crítica porque me enteré que estaban preparando una doble página previendo la muerte y que ningún escritor quería hablar bien de él. ¡Paremos un poquito! Cuando se muere, es San Benedetti. Pero antes era un poeta menor, pedorro. No es mi preferido ni mucho menos, pero es un tipo con 60 libros, algunos muy buenos. Una obra demasiado extensa. Es un poeta, no jodan. Acá hay mucho –sobre todo en Buenos Aires– esa cosa de cenáculo, de capillita literaria, son cinco y se comentan los libros entre ellos.
¿Qué te da la poesía y qué te da el policial? Son dos lugares de exploración distinta.
No le doy mucha bola al tema de los géneros. También escribo cuentos y crónicas. Son registros diferentes. Escribo poesía por necesidad: me siento a escribir un poema cuando no puedo evitarlo. La poesía es una especie de pulsión. Tengo que sentarme a escribir un poema. Pueden pasar tres meses y no escribo un poema, después en una semana escribo cinco. No tengo una metodología de trabajo literario sobre lo poético. Escribo poesía cuando que sólo puedo hacer eso: escribir poesía.
Por eso sé que es lo único que no voy a dejar. Puedo dejar el periodismo, puedo dejar la narrativa, pero no puedo dejar de escribir poesía porque la poesía es algo que aparece. Está ahí, aparece y yo escribo un poema. Después veremos si es bueno o malo, pero el lanzamiento de criaturas poéticas es un proceso medio inmanejable. Lo tengo que hacer: escribo poesía.
Y escribo desde muy chico. Soy poeta desde los 14 años, antes de imaginar que iba a ser periodista, ni siquiera sospechaba que iba a hacer periodismo. No sé por qué empecé a escribir. Mi mamá murió cuando tenía 16 años. Yo ya había garabateado cosas, pero a partir de la muerte de mi madre –no sé por qué– me acerqué mucho a la poesía, como lector, consumidor de poesía. En mi caso estaba muy vinculado al tema del folklore porque mi padre tocaba la guitarra, cantaba. Cantaba Jaime Dávalos, Tejada Gómez, Manuel J. Castilla. Esos poetas del folklore, del cancionero popular, que yo respeto muchísimo. Me parecen poetas enormes. Manuel J. Castilla. A partir de la música empecé a acercarme a la literatura. De solo estar es un libro extraordinario de Manuel J. Castilla. Me empecé a acercar a la poesía por ese lado, me parece. Después empecé con las famosas revistas literarias alternativas, estuve en un grupo de poesía que se llamó El poeta manco, que duró muchos años en Rosario, en plena dictadura.
Lo de la prosa vino después: tanto la prosa periodística como de la prosa literaria. Es un proceso posterior en mí. Yo creo que mi vinculación con las revistas literarias hizo que no sólo colaborara con un poema si no de pronto editara una revista. En el colegio secundario ya editaba revistas, hacía revistas, me parecía un proceso fantástico.
Nunca lo había visto como un medio de vida: de hecho trabajé en un banco, en una empresa metalúrgica, en una imprenta. De pronto me di cuenta, a partir de que gané una beca para trabajar en Clarín, que podía vivir del periodismo. Me pareció lo menos malo de todas las opciones que había tenido en mi vida: era vivir de escribir. Después un poco osado, dije “puedo vivir de esto: si tengo que hacer tele o radio…” Y de hecho hago tele, hago radio, hago cualquier cosa por esta cosa de no volver a una imprenta o a una metalúrgica. A los dos días de estar en la redacción de Clarín no lo podía creer que había tipos que vivían ahí, venían, escribían una nota y se iban a su casa. O se iban a un bar: mejor que su casa. Esto se había inventado para mí, para un inútil como yo. Por suerte desde hace 20 años vivo de esto. Desde el ’88, ’89.
Ahora: no confundo, no se me mezclan, porque son campos bien diferenciados. Yo les llamo la Bella y la Bestia a la literatura y el periodismo. Si bien copulan, pueden tener algún tipo de conexión, son dos registros completamente diferentes. La poesía, la narración, el policial que es lo que estoy haciendo, el compromiso que vos hacés con el lector es de la imaginación, del juego, de la ficción, del entretenimiento, de la creación de mundos. En el periodismo no: el compromiso que tomás con el lector es que le estás transmitiendo la verdad. Le estás contando algo de la manera más rigurosa posible, subjetiva pero rigurosa, sin invención. En la literatura hay invención, en el periodismo no.
Pendejos sale de crímenes reales.
Sí, se basa en crímenes reales, pero es ficción. No hay investigación periodística, no hay entrevistas. En este camino que empecé a tomar en la narrativa me dije que no iba a escribir libros periodísticos porque no me interesa, quiero ser escritor. Pero: ¿qué es lo que yo ya manejo bien? El oficio de periodista, el oficio de la narración periodística. ¿Cuál es el registro más cercano? El policial.
El policial tiene que ser verosímil. Una cosa es ser verosímil y otra cosa ser verdadero. Un policial inverosímil es malo. Empecé a ejercitarme en ese registro. Además empecé a encontrarle toda la diversión y todo lo que tiene el policial. El policial es casi la esencia de la literatura. Acá me meto en camisa de once varas, pero Macbeth es un policial, el Martín Fierro es un policial. Todo se puede ver en clave de policial, porque las pulsiones que están en un policial, la pasión, la muerte, la venganza, el odio, son las pasiones del ser humano. Entonces bueno, es muy fácil identificarlas en distintos momentos de la literatura.
Así que bueno, transito dos caminos que a veces se cruzan, pero nunca los confundo. Es lo que trato de imponerme.
¿A qué se debió la selección de casos en Pendejos? Habiendo un espectro enorme de casos policiales, elegiste diez casos.
Eso fue casi un juego. Me interesaba mucho el tema de los menores matando, que es un fenómeno que se está extendiendo por toda Latinoamérica. Cada vez los asesinos o los delincuentes son más chicos. Pasa en Centroamérica con las pandillas, en Colombia con los sicarios, en Brasil es impresionante. Basta ver no más Ciudad o de dios, la obra de Vallejo en Colombia. Me parecía que acá se estaba dando ese fenómeno.
Dije “lo voy a registrar”. En un principio dudé si hacía un registro periodístico o no. Después me dije “por qué me voy a meter en periodismo si no me gusta”. Se me ocurrió tomar casos reales, pero sin investigación, solamente por lo que había leído en el diario. Había leído que sobre el cazador de Belgrano, voy a escribir un cuento con esto. Había leído el caso de Junior que había matado a sus compañeros del secundario, voy a escribir un cuento con eso. Simplemente con el punto de partida de la lectura periodística.
Hice uno y se lo mostré a Fernando Estévez de Alfaguara, me dijo “buenísimo, hacelo, genial. Seguís consolidando tu manera”. Estévez me incentivó mucho, era editor de Alfaguara, ahora es editor en México de Alfaguara. Uruguayo, un editor extraordinario. Me impulsó mucho a hacerlo, me entusiasmé.
Hice 10, podría haber hecho 50, pero me parecía que se podía repetir mucho, se podía repetir el esquema. Es un libro breve, un experimento de artefactos donde sigo partiendo de lo real haciendo ficción. Esa fue la excusa. Punto de partida de lo real para la ficción.
Lo mismo en Un crimen argentino. Ahora Un crimen argentino tiene más investigación porque yo en un principio pensé en hacer un libro periodístico. En un taller de narración que hice con Tomás Eloy Martínez, él me dijo “esto es una novela”. Entonces lo llevé la novela, y todavía estoy agradecido de que me haya como despertado y me haya dicho que uno está acá para contar. No necesariamente la verdad.
Gamerro dice que un policial argentino, uno sabe que el culpable es la policía. Lo que falta es el cuerpo. Parecería que vos también partís de ahí: la falta del cuerpo. Está bien que Un crimen argentino está situado en los ’80, con los desaparecidos…
Sí, pero es telón de fondo.
El policial argentino es genial, porque rompe el canon original del policial. El de misterio, el inglés por antonomasia; el negro, el norteamericano, incluso el francés. El policial argentino no está en ninguna lógica. Porque el norteamericano, la novela negra, tiene un detective. El detective es clave. Incluso todo el nuevo policial europeo tiene al detective como clave: Henning Mankell, Camilleri, Dona León, Manuel Vázquez Montalbán. Pero el policial argentino no tiene detective. No tiene “bueno”: cómo ubicás en un país en el que pasaron las cosas que han pasado acá a la policía en el lugar del bien. Es muy difícil. El policial argentino tiene una riqueza extraordinaria, porque es muy difícil ubicar al “bueno de la historia”. Exige a los narradores que hacen policial en Argentina usar otros recursos.
Un personaje lateral.
Exactamente. Siempre es un tipo que no está imbricado. Tiene puntos de contacto con la ley y el orden, pero no es esencialmente la ley y el orden como aparece en el resto del policial del mundo. Me parece que en vez de ser una dificultad, es una riqueza. Es una particularidad. Por eso me divierte mucho escribir policiales.
Es curioso que en los dos libros decís los arrancaste tratando de hacer un libro periodístico.
Sí. En realidad, es porque no me animaba a hacer lo otro. Me ayudó Tomás Eloy Martínez. Es más: la charla con Tomás fue maravillosa. Fue en un taller sobre narración periodística de la Fundación García Márquez y había que escribir un texto en cuatro días. Yo empecé a escribir esta historia que la tenía, que la llevaba arrastrando, era un crimen del año ’80. Pensé aprovechar para escribir ese laburo y la escribí con los parámetros reales del periodismo.
El hacía la devolución de cada texto, éramos 12 periodistas de América Latina. Me dice: “antes de hacer la devolución de su texto le voy a decir que usted tiene una novela ahí”. Le dije, que bueno, “la verdad que no sé, es una buena historia”. Me dice “No: yo no le dije que usted la puede escribir, usted tiene una novela”. Como diciendo “si la escribís o no, es problema tuyo”. Lo que hizo que saliera de ese taller pensando que por lo menos tenía que intentar escribir una novela.
Efectivamente era una novela. Hubiera sido otro ladrillo de esos que salen de libros periodísticos que a mí no me conmueven. La invención te permite la recreación de momentos, de escenas, de personajes. Hace que sea más fácil escribir un libro. A partir de ahí me decidí a laburar la narración de ficción. Pero estoy muy cerquita de lo que sé hacer bien.
Mi nueva novela es toda ficción, aunque es algo me contó alguien en un bar. Que se me acercó y me dijo “¿Vos escribiste Un crimen argentino? ¿Qué crimen? Yo te voy a contar un crimen”. Y me contó. A partir de ahí estoy escribiendo una novela. ¿Se puede decir que tiene base real? Sí: es un tipo que me contó algo que me pareció alucinante. Voy a escribir lo que me dijo este tipo, pero no hay investigación periodística, no hay entrevista a nadie, todos los personajes son inventados.
Quizás, cuando tenga más transitado el oficio pueda seguir otros caminos. Por ahora estoy muy cómodo haciendo esto. Primero porque creo que lo puedo hacer más o menos bien. Yo digo que me siento como subiendo escalones. Siento que Pendejos está mejor escrito que Un crimen argentino. Esta novela que estoy escribiendo ahora es mucho mejor que Un crimen argentino. Hay que ver qué dicen los lectores.

