Ciclo: Los martes de Eterna Cadencia
Invitado: Pablo Ramos
Entrevista: Patricio Zunini
Fecha: 2 de junio de 2009
[Primera parte de (lo más destacado de) la desgrabación]
Sólo ilumino el lugar en donde estoy escribiendo, toda la casa queda a oscuras. Cuando sale El origen de la tristeza, me hacen una nota en el cuerpo principal del Clarín y sale mi foto. Me estaba por ir a acostar, a las ocho de la mañana, y me tocan el timbre. Era el diariero junto con otros vecinos. Me dicen “Tano, ¿sos escritor?” “¿Pero qué pasa?”, pregunto. “¡Viste, te decía que era un buen pibe! Te queremos pedir disculpas. Como vos no laburás, toda la noche la luz encendida, creíamos que vendías falopa”.
Salvo el libro de poemas, todos tienen títulos de cinco palabras.
Sí. El libro de poemas no tiene cinco palabras porque todavía no me había ido bien. Con el libro de cuentos, como me fue bien, decidí seguir con las cinco palabras. Soy una persona muy revolucionaria: cada vez que me va bien me quedo ahí. Trato de no variar nada, ni la posición de los libros de mi biblioteca. Trato que se repita todo lo que más o menos funciona. Quedó como un chiste, pero ahora, cada vez que pienso un título me sale de cinco palabras. Los tres libros futuros que ya están escritos pero no corregidos, también tienen cinco palabras. Me sale naturalmente. Tengo una lista de títulos que podrían ser buenos para un libro que todavía no sé de qué se trata. Pero yo siempre soy así: encuentro respuestas para una pregunta que no sé.
¿Cuando juega Arsenal también sos cabulero?
Cuando juega Arsenal, cuando juega la selección –soy fanático de Maradona–, cuando boxeaba algún boxeador que ya no quedan –de chico era fanático de Monzón–. Sí, soy cabulero. Le prendo una vela a San Jorge. Si Arsenal va bien y estamos todos en determinada posición, cuando empieza el segundo tiempo obligo a todo el mundo… Por ejemplo: si estamos comienzo pizza, en el entretiempo no se puede comer. La meto en el horno. A veces tengo problemas, pero comer en el entretiempo es una cosa muy negativa porque una vez íbamos primeros y fuimos a comer unos panchos en la cancha de Chicago y perdimos 7 a 0 en el segundo tiempo. Fue histórico: nos hicieron siete goles en el segundo tiempo y yo sé que fueron los panchos que comimos. No me cabe la menor duda. En el camino a Bolivia, el primer partido internacional, no dejé mover a ninguno en el micro: Tres días de ida, tres de vuelta para ver un partido que nos reventaron. No dio mucho resultado, pero un tipo que es cabulero mantiene la cábala aun cuando no da resultado. Ese es el secreto. Cuando da resultado la mantiene cualquiera.
¿Cuando te ponés a escribir también tenés tus ritos cabuleros?
Sí. No cabuleros, pero creo que los ritos son muy importantes. Las velas, la máquina de escribir. Me enteré que Hemingway escribía parado y empecé a escribir parado: si Hemingway escribía parado yo no me puedo sentar. Escribo parado en un rinconcito. Generalmente escribo de noche, es algo muy importante para mí la noche. No hay bebidas alcohólicas ni drogas, nada que me altere cuando escribo. Tiene que ser una cosa de café o té. La casa bastante oscura, generar un ambiente.
Escribir es un trabajo atroz. Hasta que no tengo el primer borrador sufro mucho. No disfruto de la escritura, disfruto la corrección. Siempre hay un alumno que no me puede pagar, entonces me paga las clases pasándome las cosas en la computadora. Cuando me imprime esa primera versión en computadora, yo empiezo a trabajar en la corrección y ahí empiezo a disfrutar el proceso de la escritura. El primer borrador es una cosa que no soporto, y a nadie convierte en escritor. El primer borrador es un mal necesario, diría mi maestro Abelardo Castillo, lo mismo que mi maestra Liliana Heker. Llegar a concretar ese mal necesario es para mí todo un esfuerzo enorme, pero una vez que lo concreté empiezo a disfrutarlo, empiezan los ritos. Cafecitos, los libros que estoy leyendo en ese momento o los que tienen que ver con la historia arriba de la mesa.
Paternal y Sarandí son dos lugares de tu universo literario.
Sí, por ahora sí. Yo nací en La isla Maciel. Era un lugar muy lindo. Me crié en Sarandí. Cuando me separo de la mamá de mi hijo mayor me voy a vivir a Paternal porque ahí vive Ernesto Snajer –“el chino”–, mi gran amigo de toda la vida, de los 4 años. Con un dinero de la venta de un auto ponemos un estudio de grabación. Descubro que La Paternal es muy parecida a Dock Sud. Paternal tiene una geografía muy parecida a Dock Sud, el empedrado, la parrillita de la esquina, donde hay personajes, yo puedo conectarme con una realidad un poco más interesante que la de un edificio o la del Centro. Rara vez se es una persona desapercibida en un barrio, todos somos individuos.
Después de la caída del peronismo, todos los gobiernos desde el militar atentaron contra el individualismo. Por ejemplo: mi casa original de la Isla Maciel era una casa de chapa, preciosa. Las casas de chapa no son una villa. Chapa afuera, cámara de aire y madera adentro. Son muy calentitas en invierno y muy frescas en verano. Es una construcción notable, con balcón. Todos los años nosotros pintábamos la casa de los colores que queríamos. Rodolfo Livingston, un arquitecto que fue muy importante en la Revolución Cubaba –que vive a la vuelta de casa, en Paternal– me dijo una cosa que me gustó mucho: que la fachada era como la supercara del padre de familia. Pintábamos de rojo porque éramos de Independiente antes de ser de Arsenal. O el de Boca pintaba de azul y amarillo. O la Virgen de Luján en el caso de mi abuelo. Esas cosas nos hacían ser los que éramos. Después vino el gobierno y dijo “vamos a mejorar la vida de la gente, tiramos esta casa de mierda y hacemos monobloques grises”. Todos quedaron alienados y perdieron la individualidad para siempre. No mejoraron la vida de nadie. La Isla Maciel ahora es una villa miseria de cemento.
En Paternal encontré esa cosa parecida. Encontré una casa y la remodelé con la ayuda de mi padre. Por eso elegí La Paternal y por eso le dediqué un libro: le dedico El origen de la tristeza a Sarandí, le dedico Cuando lo peor haya pasado a La Paternal y en La ley de la ferocidad están los dos barrios. Fíjense que lo que yo escribo, sin geografía no es nada. Más allá de todo hay una geografía muy presente. Es una literatura muy física la que yo hago, no hay grandes metáforas pero hay una presencia donde el barrio juega como una cancha. El fútbol sin una cancha, el boxeo sin un ring serían una porquería. Los límites de algo son muy importantes. Para un pintor también. Jugar adentro de esos límites es lo que me propongo cuando escribo.
¿Qué dificultades enfrentás cuando escribís sobre la infancia?
Me enfrentó al pudor, la principal dificultad. Cómo escribir sobre un padre violento cuando mi mamá vive y es, quizá, la persona más maravillosa que conocí en mi vida. Cómo escribir de mi infancia, cuando mi infancia es también la de mi hermano –a quien yo le llevo 13 meses, al revés que en las historias–. Cómo escribir sobre mí sin que le duela a los que me quieren. Lo que a mí me pasó y no saben. No los detalles de vida privada, porque eso no le duele a nadie. Yo quiero aclarar esta especie de estupidez colectiva que se armó con lo autobiográfico. Nadie sabe de lo que está hablando. Escribir la autobiografía sería escribir “yo nací en 1966…”. Yo nunca escribí una autobiografía: escribí literatura. Que tenga que ver profundamente con uno es muy diferente a escribir una autobiografía. Hace falta poner una enorme imaginación en juego, ¿no?
Siempre digo que hay que volver a Sartre. Hay dos cosas que hacer, por ejemplo, ahora cuando vuelvan a casa: leer a Abelardo Castillo y a Sartre. Si vamos a leer a Sartre nos encontramos que en ese tiempo ya decía que “un escritor dinamita su vida y construye con los escombros de su biografía los ladrillos de su literatura”. Da para reflexionar mucho tiempo. Eso no me dejó dormir durante mucho tiempo. Muchas cosas que él dice no me dejan dormir. Me parece que es una de las últimas personas que se dedicó a pensar profundamente.
En mis libros no van a encontrar detalles de mi vida privada, pero van a encontrar un mapa de mi alma perfectamente trazado según mi compromiso y según mi arte. Pero eso es lo que intento trazar. La ley de la ferocidad es un profundo mapa de mi alma. De lo más oscuro, de lo más luminoso. Por eso necesita ir al padre, por eso necesita ir a los hijos: porque no soy nada si no entiendo de dónde vengo, porque no soy nada si no entiendo hacia dónde voy. En los hijos y en el padre hay respuestas a preguntas que ni siquiera me imagino o hay preguntas sin respuesta que vale la pena formularse para ordenar. Y en el acto de escribir está ese orden.
Lo mejor que yo escribí en mi vida es una página de La ley de la ferocidad que justifica toda la novela. ¿Qué es mi novela? Es la novela de un tipo que se convierte en escritor: la máquina de escribir como máquina del tiempo. En un momento escribe “cinco años separan al hombre que voy a hacer del hombre que soy ahora en el pasado”. Bien agustiniano. El hombre que lo escribe no es el hombre que lo vive pero va a empezar a transformarse en él cuando empieza a escribir. Y va a terminar de transformarse en él cuando acabe de escribir por el hecho de escribir. “Yo soy el hombre que escribe, pero aun no lo sabía”. Eso es lo mejor que escribí en vida. En realidad me lo robé de un título de un disco de Miles Davies: The man with a horn. Él es el hombre de la corneta. Yo soy el hombre que escribe. Antes no lo era porque andaba por la calle, andaba a las trompadas por la vida. “Yo soy el hombre que da golpes a una máquina de escribir para no seguir dándose botellazos en la cabeza”. Construyo una metáfora cuando no lo soporto más: solamente escribiendo en términos poéticos –para citar otra vez a Abelardo Castillo– es donde puedo satisfacerme. Tiene un montón de lecturas la novela, me volvió loco. No la quiero ni releer. La puedo citar un poquito, pero volverla a leer, ni loco.
En El origen de la tristeza hay mucha pobreza y sin embargo hay más luminosidad. En La ley de la ferocidad, el personaje es un tipo adinerado, pero no lo puede disfrutar.
Lo padece. Tiene una relación pornográfica con el dinero. Ahí está el mapa de mi alma. Yo tengo una relación así con el dinero. En un momento cuando pasa con el Alfa Romeo por los tachos del Doque, casi pierdo el control, el auto se estabiliza solo, tengo calefacción en los riñones que alguna vez pateó la 5° de Varela. “La gente me mira indignada como yo miraba a alguien que pasaba en un auto como este. Hoy podría pisarlos y no perdería el control del auto.” No dice que él los quiere pisar: eso es una realidad. Yo tuve un auto así. Pero sin embargo, atrás de eso, viene la pregunta: ¿en qué me convertí? La gran pregunta de la novela.
El tiene una relación tremenda con el dinero. De hecho, al final de la novela el hijo le pregunta si va a trabajar y dice “no, yo nunca más quiero tener esa relación con la gente ni que la tengan conmigo”. Estuve del lado del que trabajaba desde los 8 años hasta los 35. Trabajé en cualquier trabajo que se puedan imaginar. Pero nunca más voy a tener esa relación con la gente. Nunca más voy a ser el empleado de alguien ni el empleador. Nunca más en mi vida. Eso también lo plasmé en La ley de la ferocidad. No puedo soportar esa relación de ese tipo con una persona. No estoy capacitado. Mis alumnos –“alumno” es una palabra horrible, viene de no luminoso–, los talleristas saben que siempre los talleres son al mismo nivel. Lo único que me reservo es la última crítica, porque así aprendí con Abelardo y con Liliana: me reservo la última crítica porque creo que puedo aportar un poco de experiencia. Yo necesito una relación a la par.
La comunicación tiene que ver esta manera de pensar la literatura y pensar la vida porque yo no soy comunicativo sólo en la literatura. Soy comunicativo en la vida también. Abelardo dice lo mismo. Yo escribo porque es imposible decir necesito que me quieran. No puedo andar por la calle diciendo eso porque me van a meter en cana, o me van a tratar de puto. Entonces tengo que hacer toda una historia. Ahora escribí toda una novela en primera persona sobre una mujer para decirle a mi mamá que la quiero. Doscientas páginas que nunca dicen te quiero, pero yo nunca le pude decir eso a mi mamá. No puedo decir lo que siento. Es difícil para mí.
Soy una persona con una enorme voluntad. Esto que vos decís cómo lo logro. Yo te doy la respuesta: con 35 borradores. Con horas y horas de sentar el culo con una máquina de escribir. Horas y horas y horas y horas. Y con ser un tipo que ha publicado menos del 50% de lo que tiene escrito, cuando hoy sería un escritor que podría publicar todo. Fogwill me salvó la vida atacándome: me alabó y me atacó y me salvó la vida como escritor. Hace poco dijo “Me interesa Pablo Ramos. La ley de la ferocidad es una obra maestra, pero ya va a empezar a escribir mal”. Yo pensaba “¿este boludo…?!”. Después me fui para mi casa, cuando bajé del ataque, dije “tiene razón: cuando me den un adelanto antes de terminar el libro porque necesito 10,000 pesos y me lo den, ahí voy a empezar a escribir mal porque voy a apurarme”. Yo tengo que entender lo que este tipo dice, porque es un loco talentoso. Lo tomé. Tomé las críticas.
Lo tengo muy construido a Gabriel Reyes, pero también tengo muy construida a la mamá, a los hermanos. Eso es lo que dice Abelardo: quién soy yo. La puta, Andrea, también soy yo. Si la escribí yo. Fernando, el maricón, también soy yo. Si también lo escribí yo. ¿Quién lo escribió? ¿Otro me lo puso en el libro? Es una ecuación my simplista, un reduccionismo de una enorme ignorancia el alter ego y nada más. Es como ver un chiquitito de algo un poquito mayor.


PZ: buenísima la crónica sobre Ramos.
Ramos es así, golpea y golpea y te atraviesa.
Conmovedor tu relato y escucharlo cantar (vos deberías practicar un poco la guitarra). ja
Excelente la entrevista y ¿! Cómo me perdí la performance ¿!¿!
ja
Felicitaciones Pato, cuelgo en eblogtxt.
abrazo
Excelente Pablo, brillante como siempre.
Beijos.
Excelente la nota! Ramos es un groso, casi tanto como Castillo. Che, para cuando el nuevo libro de Pablo? Aca en Còrdoba somos varios lo que lo esperamos! Si vieran la cara de mi novia cuando le leo en voz alta los fragmentos de La ley de la ferocidad…
Entre El que tiene sed de Abelardo y La ley de la ferocidad de Pablo estuve 2 noches sin dormir… envidiando, puteando por no haber escritos yo esos obritas maestras!
Por favor avisenme mas novedades de Pablo Ramos.
(mi mail: provai@hotmail.com)
Excelente Blog.
Si en vez del Arse hubiera sido de Talleres, Pablo Ramos seguramente serìa mi amigo!… No tiene un Blog èl?
Saludos desde la Còrdoba mediterranea… Pablo, el pelado.
Un grande PABLO, empecé a leer con, la ley de la ferocidad. y me pregunté
Que estuve haciendo estos años. Ya que vivo en un barrio bastante parecido, y con muchas similitudes al personaje Gabriel.
Gracias!!! Pablo Ramos
refapin@hotmail.com