Segunda parte de la entrevista a Marina Mariasch [Leer la primera]
Por P.Z. Fotos: Lucio Ramírez
¿La Editorial Siesta la ideaste para poder publicarte o la publicación salió después?
En ese momento no había tantas lecturas de poesía como ahora. Había tres ciclos: El yacaré cumbiao, Maldita ginebra, La voz del erizo. Yacaré cumbiao era más freak, Maldita ginebra más etílica y El erizo era un ritual al que iba todo el mundo de distintas disciplinas a escuchar. Era el único lugar donde se podían escuchar poetas consagrados –Arturo Carrera, Irene Gruss– junto con otros que recién estaban empezando. La primera vez que leí me tocó en una mesa con Martín Gambarotta. Cuando entré al Rojas estaba Rafael Cipolini –muy amigo mío en esa época, teníamos una relación muy cercana, – y me dijo “escuchá lo que va a leer este pibe que es muy bueno”.
¿Por Gambarotta?
Por Gambarotta, sí. Martín es unos años más grande que yo –muy poquito–, pero ya había irrumpido en el mundo poético. Lo escuché y se me cayó la mandíbula. En ese momento la experiencia de lectura era muy apasionada y concentrada. Siempre el efecto de lectura oral y la escucha es distinto que leer en papel.
No había blogs, no había casi mail – ¡soy muy vieja! [se ríe]–, no había muchas maneras de leer ese material sobre una superficie. Había algunas editoriales independientes, pero las ediciones no eran muchas y costaba guita. Cuando sentí que tenía terminado mi primer libro –un libro muy ingenuo en un sentido, mi primer librito de poesía– empecé a pensar en la idea de publicar y publicar a mis contemporáneos para poder leernos además de escucharnos. En ese momento publicar en una editorial costaba más o menos mil quinientos pesos (peso dólar, convertibilidad). Dije “esto no lo puedo pagar pero sí puedo hacer libros, conozco el oficio” (trabajaba como editora en un grupo editorial grande, tenía a mi cargo la colección de literatura argentina y otras colecciones), me acerqué a la imprenta de los Rovner, Edigraf, que fueron muy generosos y aporaron el proyecto. Hicieron la primera tirada gratis. El formato se dio por el propósito de optimizar el pliego de papel, que doblado en ocho quedaba en 9 x 11 cm. Así se achicaban los costos. El formato de Siesta no responde a capricho de hacerlos atractivos como caramelitos, hay un atractivo visual pero también una forma de ahorrar. Me interesaba que los libros tuvieran lomo, que fueran cosidos, que no se desarmaran al abrirlos.
En diciembre de ese año, me llamó Daniel Helder que en ese momento editaba la sección de poesía argentina en Diario de poesía, y era un interlocutor muy importante para mí. Me dijo “hay un pibe que está bueno lo que hace, me parece que estaría bueno que lo publicaras en Siesta”. Me lo mandó. El pibe vino con los jeans rotos y unos poemas que me rompieron la cabeza. Después me casé con él [se ríe], tuvimos dos hijos y en seguida empezamos a laburar juntos en Siesta. La verdad es que Santiago se hizo súper cargo del proyecto. Laburamos mucho juntos. Creo que tuvo mucha repercusión porque en ese momento no había muchos espacios.
¿A quién editarías hoy?
En general la literatura que más me interpela, me conmueve y me calienta entre los que vienen después de mí en términos etarios, es la de Valeria Meiller, Alfredo Jaramillo, Noelia Vera. Me parece que tienen esta impronta de minar lo íntimo y lo político de manera súper interesante y mixta.
En los ’90 la poesía se contaminó de otros discursos provenientes el rock, la televisión, MTV, el pop, el cine, los medios masivos en general. Lo cotidiano, que en los 60 había funcionado como recursivo, en los 90 aparecía ya naturalizado y se había instalado una cierta idea de lo antilírico. Me parece que esa era la premisa noventista que arrastraba algo del setentismo también pero con esta invasión de palabras que tuvieran que ver con las nuevas tecnologías, con lenguajes que venían de otras disciplinas. Las cosas y las palabras perdieron distancia: una palabra era un objeto, era el fin de la metáfora. Después de la crisis del 2001 pasó algo que define a los poetas de hoy, en donde tal vez aparece lo político como parte del asunto, como parte del lenguaje, de lo que se quiere decir. Que se está diciendo más que como algo expresado adrede como se decía en los ’90, que tenía una intención de denuncia.
¿Leés blogs?
En este momento leo sólo blogs de política que es donde siento un espacio alternativo de opinión a los medios masivos. La Barbarie, Arte Política, El buen salvaje, Revolución tinta limón, Los trabajos prácticos. Son blogs de muy buena escritura y de mucha agudeza respecto de la realidad política. También leo blogs de los poetas que me interesan hoy: La campeona de nado de Clara Muschietti, el de Jaramillo, los de las Paulas, Trama y Peyceré.
Me parece que muchas veces hay una distancia entre la producción de un blog y la producción literaria de las personas. Hay blogs que son muy interesantes, muy llamativos, muy seductores, muy interpelantes en el sentido sexual, político, textual. Después vas a link donde esas personas tienen sus producciones literarias –relatos, poemas– y esas producciones carecen de toda la potencia que tiene el blog como esa mezcla de imagen, texto corto, consigna. Me parece que es notorio como sucede en esos casos. La producción literaria es totalmente tradicional convencional, no genera nada. Al escribir ficción parecen haber aprendido al pie de la letra los procedimientos de la narrativa norteamericana pero se olvidan de lo más importante que es decir algo acerca del mundo.
Tus poemas son visuales, con cierto trasfondo de peligro o de soledad. Como atravesados por una serie de tensiones.
Entiendo lo que decís como una especie de una atmósfera oscura. Por ahí peligro y soledad no son las cosas que me hacen pensar en mi escritura, porque creo que la escritura es justamente no tener miedo. Hay que poner toda la carne porque si no estás frito: no puede salir nada bueno de una escritura temerosa. No me reconozco como una persona temerosa y me encanta la soledad y la aprecio. Igual entiendo que te referís a una atmósfera subterránea en el poema. Quizás es lo que más me interesa: las cuestiones sociales, personales. Trato a la vez de que mi poesía no sea tan oscura o tan críptica. Tampoco me interesan los textos demasiado acabados. Me gusta más la escritura donde se detecta un error o se ve la hilacha, el resquicio donde se cuela la experiencia subjetiva, una huella y no un poema máquina o un poema perfecto. Pienso en el poema que encabeza Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence, que hace poco un gran lector me pasó, que dice algo así (qué feo es parafrasear poesía) como que “para hacer la obra justa la dejé inacabada”.
Pero no tenés un libro de narrativa, ¿no?
Publicado, no. Tengo publicados cuentos en antologías. Ahora estoy terminando de ordenar un libro en prosa que me parece que no es una novela. Traté de escribir una novela pero no me salió. Básicamente porque me cuestan mucho ciertas convenciones de la prosa como el orden lineal de los actos y los hechos. No puedo atenerme a esto. Me llevan mucho más las atmósferas que las historias. De todas maneras, es un texto en prosa. Un lector que me está ayudando a editarlo me dijo que él lo ve más bien como un disco conceptual. Me pareció buenísimo así que lo tomo. Además, estoy escribiendo un libro de cuentos que espero terminar este año.
Recuerdo un cuento que publicó Perfil, un relato muy breve.
Muy cortito, el de Matilde y Cocó. ¡Lo escribí cuando era muy chiquita!
Tiene una frase que lo parte al medio. Cuando se reencuentran dice “antes: una de ellas se había casado”.
En realidad escribí ese cuento en un rapto de inspiración. Lo que se me había ocurrido fue el guión de una película. Escribí todo muy puntuado, con oraciones a veces unimembres o muy cortas y descriptivas. Más connotativas que descriptivas. No me acuerdo si es Matilde o Cocó la que tiene aros de perla y un collar. Creo que eso sugiere la clase social a la que ingresó. O cuando la amiga toca el timbre y la atiende una mucama. Pequeños datos que connotan más de lo que se está diciendo.
El cuento en Buenos Aires 1:1 tampoco es lineal.
¡No me sale! [Se ríe] Me resigné. Por ahí algún día me salga. El que salió en Ñ para el feliz año nuevo, creo que es más ordenado. Pero igual, aunque es muy intenso no pasa demasiado. El hecho más contundente es que se le rompe el collar a una mujer y las mostacillas ruedan por el piso. Pero ese el fin del cuento.
Una imagen, como en los poemas. Hay uno que me hizo acordar a Salinger, con una casa en un bosque frente al precipicio.
Sí, es re Salinger. Esa fue una especie de traducción muy libre. Tengo un libro inédito que se llama Libérrimas que son traducciones muy versionadas de poemas, pero no lo publiqué. Distribuí los poemas en distintos libros que fueron apareciendo.
¿Cómo te sentís el haber formado parte de las antologías?
Que me convoquen es súper halagador. Puro agradecimiento. Por un lado. Por otro lado para mí fue un desafío porque yo no escribía mucho prosa y de repente tuve que sentarme a escribir cuentos. El texto que está en la antología En Celo no tiene la estructura del cuento tradicional, pero estoy conforme con el tono que es bastante acercano a lo que va a ser mi libro de prosa. Tal vez se llame Soundtrack de la vida conyugal.
Otro juego con el inglés.
Estaba tratando de evitar el inglés, pero “banda de sonido”, “música incidental para la vida conyugal”… Vamos a ver. Algo con lo musical podría ser porque tiene más abstracción. Para mí fue un desafío ponerme a escribir en prosa, se me encendió una chispa: sigo escribiendo en prosa. Por supuesto creo que no formo parte de la generación de la nueva narrativa argentina porque me considero ante todo poeta, pero está bueno convivir con esos autores, entre los cuales hay muchos interesantes, como Oliverio Coelho, Matías Capelli, Félix Bruzzone, Mariana Enríquez.
¿Cuál era tu cuento en En Celo?
Cada uno tenía un tema, a mí me tocó “fantasía”. Mi cuento es de un marido que termina de coger con la mujer, sale al balcón, prende un pucho y cuando lo termina echa la colilla al vacío. Dice “si cae en la calle me separo, si cae en la vereda me quedo”. Cae en un borde, en el cordón. El tipo sale a deambular durante la noche, va teniendo distintas fantasías con cosas que se le cruzan. Después vuelve a la casa, porque en realidad no comete una infidelidad, no llega a un acto carnal con nadie, pero en el medio tiene una fantasía erótica sexual muy fuerte con dos chicas de la oficina y su jefe. Vuelve a la casa y no es el infierno doméstico. Es: lo doméstico. El cuento ahora está siendo adaptado para el cine, junto con otros cuentos de la misma antología. No se sabe sin van a ser distintos cortos o un largo que los amalgame a todos. Eso lo están revisando los directores. El mío lo va a dirigir Francisco Forbes. Después están el de Pedro Mairal, el de Nati Moret, y creo que el de Cucurto y el de Maxi Tomas.
Me acuerdo de la frase de tu bio. Una frase que nos dejó a muchos dando vuelta.
Es gracioso que la gente se acuerde más de eso que del cuento. Para la minibio era consigna poner algo relativo a lo sexual personal. Creo que no todos lo hicieron, el antologador no los habrá podido obligar. Yo no tuve problemas en ponerlo. En cuanto al pudor, vengo con una falla de fábrica.


tu cuento esta mui curada te quiero
Es un bombon!