Por P.Z.
Puto el que lee esto
Roberto Fontanarrosa
“Una historia no tiene comienzo ni fin: arbitrariamente uno elige el momento desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante”. ¿Por qué Graham Greene elige estas palabras para abrir El fin de la aventura? ¿Por qué, unos renglones más abajo, dice que tal vez no haya sido él quien eligió por dónde comenzar sino que tal vez haya sido producto de un designio divino? Estas primeras palabras de Greene representan lo que Amos Oz define como “el contrato” de la narración. Cada comienzo entabla una relación entre el escritor y el lector.
¿Dónde empieza un relato como es debido? Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. Hay, por supuesto, toda clase de contratos, incluidos los que son insinceros. A veces el párrafo o capítulo inicial actúa a la manera de un pacto secreto entre escritor y lector, a espaldas del protagonista. Es el caso del inicio del Quijote y de Ayer mismo, de Agnón. Hay contratos engañosos, en los cuales el autor parece revelar toda suerte de secretos, de modo que el desprevenido lector muerde el anzuelo, imaginando que en efecto se le invita a entrar en el cuarto oscuro y sin darse cuenta de que ese “entre bastidores” no es en realidad lo de detrás de las bambalinas sino solamente un nuevo decorado; mientras el lector se imagina que forma parte de una conspiración, en verdad no es más que la víctima de otra conspiración más sutil: el contrato visible no es más que un objeto de mentira, el sujeto de un contrato interno, más sutil, más taimado. (…) Hay contratos filosóficos, como la famosa frase inicial de Anna Karenina, de Tolstoi: “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su propia manera”. En realidad, el propio Tolstoi, en Anna Karenina y en otras obras, contradice esta dicotomía.
Es preciso entonces, leer con detenimiento: se nos revelará mucho más que un buen comienzo. En los ensayos de La historia comienza, Amos Oz analiza brevemente, y con distinta suerte, diez obras, entre las que figuran La Nariz de Gogol, Un médico rural de Kafka, El violín de Rothschild de Chejov, El otoño del patriarca de García Márquez, el relato “Nadie decía nada” de Raymond Carver.
OZ no incluye la novela de Graham Greene. Pero supongo que eso es lo que genera: que volvamos a abrir aquellos viejos libros para investigar un poco más, para leer la letra chica de lo que –en su momento– contratamos.
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su propia manera”. “Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194… en Orán”. “Háblame, Musa, de aquel varón fecundo en recursos que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo errando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria”.
