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Archive for 7/12/08

Eugenia Zicavo entrevistó a Claire Keegan (la mencionó como la “revelación literaria irlandesa”) y lo publicó en el diario Crítica de hoy. [Pág. 32 del diario, pág. 31 del .pdf]

recorre los campos azulesClaire Keegan es la revelación de las letras irlandesas: entre otros premios, recibió el Rooney Prize for Irish Literature, y la crítica la ha comparado con autores de la talla de Chéjov, Trevor o Carver. Aunque últimamente los críticos no encuentran paralelos demasiado originales para hablar de los cuentistas a quienes quieren destacar y los nombres de Carver o Chéjov suelen ser referentes obligados de cualquier cuento bueno (aunque Keegan tenga poco que ver con Carver, por ejemplo), su literatura merece –más allá de las comparaciones– una atención especial. Su prosa es perturbadora, en ocasiones brutal. Recorre los campos azules (Premio Edge Hill) fue traducido por primera vez al español por Jorge Fondebrider y publicado por la editorial Eterna Cadencia, desafiando la tendencia de que los autores extranjeros llegan a nuestro país traducidos desde España. Los ocho cuentos que integran el libro (muchos ambientados en la Irlanda rural de la cual Keegan es oriunda) vienen “libres de españolismos”, un dato gratificante para los lectores locales. Keegan estuvo en la Argentina y no resultó una mujer de trato fácil: el grabador cerca la incomodaba y las palabras aparecían a cuentagotas. Y aunque a la hora de leer la simpatía de los autores es lo que menos importa, en cada gesto se mostró tan poco indulgente como cada una de sus historias.

Al contar el proceso por medio del que su libro llegó a la Argentina sin hacer escala en España, recuerda: “Conocí a Jorge Fondebrider, el traductor, en la Feria del libro de Guadalajara el año pasado. Me preguntó si el libro estaba traducido al español y si había tenido alguna oferta de traducción porque a él le gustaban las historias y tenía ganas de traducirlo”. Su primer libro de cuentos, Antarctica, fue publicado en 1999 y obtuvo dos premios importantes (el Rooney Price y el William Trevor Price). Su pasión por la literatura empezó tempranamente “leyendo cuentos cuando era una niña y aprendí a leer. Me di cuenta de que eso se podía llevar adonde sea, es como andar en bicicleta, uno puede llevar la bicicleta a cualquier parte. Las primeras cosas que leí fueron fábulas, cuentos de hadas y mitos, Hans Christian Andersen. Supongo que ahí comenzó mi amor por la literatura”.

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Kirchner, una vida

vagón fumadorUn nuevo adelanto de Vagón Fumador: “Kirchner, una vida”, de Daniel Link.

Kirchner, una vida

Kirchner gritó, gritó, gritó, mientras se revolcaba en el cuarto al que había sido confinado, tratando de quitarse el chaleco de fuerza que le habían impuesto.

Estaba mal, Kirchner, desde la guerra, tres años atrás: “el campo… el campo…”, musitaba entre sueños durante las noches en que lo sometían a dosis crecientes de morfina para que descansara un poco. De otro modo, se la pasaba gritando inmundicias, augurando complots que iban a destruir el país, el continente, el mundo, y reclamando los cigarrillos que en la clínica psiquiátrica le habían prohibido consumir. Nadie entendía a ciencia cierta qué era lo que quería dar a entender con esas palabras entredichas, pero como era imposible obtener de él mismo una explicación coherente, se aceptó la hipótesis de una fijación maníaca y de un rechazo al modo de vida urbano que hasta su hundimiento mental había sido una de sus características más sobresalientes.

No se sabe todavía qué fue lo que se desmoronó en la cabeza de Kirchner(1). Para algunos (un esquizofrénico que convivió con él en el mismo loquero durante algunos años), su sensibilidad enfermiza lo sumió en la insania: “Somos los sismógrafos de la tragedia de nuestra cultura”. Para otros, su conocida afición a relacionarse con prostitutas fue lo que precipitó la caída. Era una enfermedad de transmisión sexual lo que lo habría llevado, según esta versión, primero a la locura y después al suicidio. Un médico prestigioso, el Dr. Edel, llegó incluso a diagnosticarle atrofia cerebral como consecuencia de un estadio avanzado de sífilis, lo que decidió su mudanza permanente al sur (tan mítico y tan de moda por aquellos años). Naturalmente, habría que revisar con más atención su historia clínica para avalar esta conclusión un poco temeraria, porque no parece haber correlación entre el lapso que va de su internación hasta el suicidio y la oscilación de su estado mental, que pasaba de un relativo equilibrio, durante el cual podía hasta sostener conversaciones con cierta coherencia, a sus profundos desarreglos, que sumían en la desesperación a quienes lo rodeaban. ¿Tan sensible era Kirchner? ¿Tan fatal había sido su apego a esas mujeres que, desde su perspectiva, erotizaban las calles? Kirchner no podía andar solo por el mundo, incluso mucho antes de perder la razón, porque su erotomanía era tan intensa como su afición al tabaco. Hubo momentos en que, si de él hubiera dependido, no habría podido pagarse el alquiler.

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