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Archive for 15/01/15

Leonardo da Vinci y sus Notas de cocina: un libro que se escribió como parodia, se vendió como pan caliente y se leyó como historia.

Por Valeria Tentoni (@valeriatnt)

La última cena, por Lego

Cada 15 minutos, 25 personas salen y otras tantas entran al refectorio del convento dominico, contiguo a la iglesia de Santa Maria delle Grazie, para detenerse frente a La última cena. Van, sí, a ver esa obra famosísima y misteriosa, a ponerse ante su aura iridiscente —compuesta no solo por esa pared deteriorada, que recibió varios trabajos de restauración ya, desde que a da Vinci se le ocurrió innovar con la técnica tradicional y pintó “al seco” sobre una superficie poco amable— sino también por la infinidad de teorías, hipótesis y supersticiones que la completan. Pero van, además, a estar donde Leonardo estuvo, durante unos tres años, trabajando.

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Una muchacha muy bella, de Julián López, fue el libro más vendido del 2014.

julián lópez

Una muchacha muy bella, de Julián López, que resultara el libro del año en la encuesta que realizamos en marzo del año pasado, fue también el elegido por los clientes de la librería. En segundo lugar quedó Selva Almada con El viento que arrasa (Mardulce), lo que habla de una contemporaneidad sorprendente de ambos autores en la literatura argentina ya que el año anterior también ocupaban las primeras dos posiciones, pero con Almada primera y López segundo. Los primeros cinco lugares del ranking se completan con Continuación de ideas diversas, de César Aira (UDP), El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura (Tusquets), y en un año cortazariano, Rayuela.

Entre los 100 libros más vendidos (107, en realidad: varios comparten la última posición) se da, como en años anteriores gran presencia de autores argentinos y alrededor del 75% de los títulos de ficción.

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Matías Serra Bradford tradujo los Cuentos selectos, de Aldous Huxley (Edhasa). También escribió el prólogo, que aquí presentamos: “Se podría decir que para Huxley un descubrimiento poético no tenía menos valor —menos valencias— que un descubrimiento científico; que uno y otro podían guiarnos a otra parte”, dice.

Por Matías Serra Bradford.

Es difícil, y acaso inútil, determinar si la versatilidad temática de los ensayos de Aldous Huxley se refleja en sus cuentos y novelas, o si se da el camino inverso. Es indudable que ha sido un vaivén sincrónico, en un escritor al que tanto lo tentaba adelantarse como quedarse atrás. La búsqueda constante de este curioso serial ha sido el hilo de una profusa continuidad entre géneros literarios. Sus narraciones y artículos críticos circundan esa curiosidad y son sus emisiones. La indagación se disgrega materialmente pero no espiritualmente.

La opinión de los contemporáneos —cuando uno de ellos es Desmond MacCarthy, el mejor crítico de oficio del grupo de Bloomsbury— tiene el valor de una videncia. Acerca del autor de Un mundo feliz, MacCarthy comentaba que “ningún novelista es tan sensible a la inconsecuente rareza de la vida, y a la inconsistencia de lo que está sucediendo simultáneamente en cada momento de la experiencia”. Todo proviene de una misma fuente, un idéntico espíritu con diversas máscaras literarias, y MacCarthy añadía que “el profundo placer de leer a Huxley reside en seguir el movimiento de su mente”. El movimiento de la vista, de la atención, podría decirse, de quien padeció serias dificultades oftalmológicas que sólo consiguieron fortalecer la tenacidad de un explorador omnívoro.

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