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Archive for 17/02/15

Personajes de carne y hueso –y encías débiles– son más profundos que cualquier ensayo de deconstrucción.

Por Virginia Cosin.

El escritor inglés Martin Amis dedica, en su libro de memorias (Experiencia, 2000), varios capítulos a su dentadura.

El pequeño Martin nació en una familia de clase más bien baja y, a medida que su padre, el escritor Kingsley Amis, fue haciéndose más y más famoso y reconocido, accedió a la clase de los “nuevos ricos”. Martin era mucho más bajito que el resto de sus amigos e incluso que su propio hermano, un año mayor que él. La genética no sólo conspiró en lo concerniente a su altura, sino que también heredó los problemas dentales de la rama materna de la familia. Desde muy joven —antes, incluso, de que entrara a estudiar a Oxford— empezó a sufrir horrorosos dolores de muelas que, al cumplir cuarenta años, le fueron extirpadas junto a la totalidad de las piezas dentarias debido a un tumor en el maxilar inferior.

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Segunda entrega de la serie de poetas jóvenes de Nicaragua, curada por Ulises Juárez Polanco. Hoy nos presenta dos poemas de Alejandra Sequeira.

Selección de Ulises Juárez Polanco. Foto de Timo Berger.

Alejandra Sequeira

Alejandra Sequeira (Managua, 1982). Poeta, autora del poemario Quien me espera no existe (2006). Premio Alma Máter en el X Festival Interuniversitario de Poesía (2002) y mención especial en el IV Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres Mariana Sansón. Ha sido incluida en antologías como Poetas Pequeños Dioses (2006), Novísimos (2007), Mujeres de Sol y Luna. Poetas 1970-2007 (2007), Vértigo de los Aires (2007) y Mujeres en el país de las nubes (2008). Ha experimentado el performance en proyectos como CMR project: La puesta en el sepulcro y Marilyn Project: Ser rubia no es tan cool. Es licenciada en Derecho. (más…)

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El arquitecto y escritor Gustavo Nielsen, autor de Playa quemada, subraya su final favorito: el de Las palmeras salvajes de William Faulkner, en la traducción de Jorge Luis Borges.

Selección de Gustavo Nielsen.

Las palmeras salvajes

“No era sólo recuerdo. El recuerdo era apenas la mitad de eso, no bastaba. Pero debe estar en alguna parte, pensó. Ahí está el despojo. no soy yo. Al menos pienso que no quiero decir yo. Espero que no sólo quiero decir yo. Que sea cualquiera, recordando, rememorando, el cuerpo, las anchas caderas y las manos que gustaban toquetear y hacer cosas. Parecía tan poco, tan poco para necesitar, tan poco para pedir. Con todo el arrastrarse a la tumba, con toda la arrugada y marchitada y derrotada adhesión no a la derrota sino a una vieja costumbre; aceptando la derrota de que me permitan adherirme a la costumbre, los pulmones asmáticos, las penosas entrañas incapaces de placer. Pero después de todo la vieja memoria podía vivir en las viejas entrañas jadeantes: y ahora la tenía a mano, irrefutable y clara, y serena, mientras la palmera golpeaba y murmuraba, seca y salvaje, y débil, y en la noche, pero él podía afrontar la memoria, pensando: No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria, porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena”.

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