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Archive for 19/06/15

Iosi Havilio habla de su nueva novela, Pequeña flor (Penguin Random House): “Es insólito que algo cuya materia prima es la imaginación tenga ánimos conservadores tan férreos”, dice.

Por Patricio Zunini. Foto: Xavier Martin.

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Mientras Iosi Havilio escribía La serenidad, una novela de corte experimental que publicó el año pasado Entropía, trabajaba también en otra de tratamiento más convencional: Pequeña flor (Penguin Random House). “Escribía una con cada mano”, dice. Pequeña flor está narrada por José, quien, al perder el trabajo en una fábrica de fuegos artificiales, se queda en casa cuidando a su pequeña hija Antonia mientras es su mujer la que retoma su antiguo empleo en el mundo editorial. El aparente costumbrismo estalla rápidamente cuando José, no queda claro si con intención o por accidente, asesina de un palazo en la nuca a su vecino. La sorpresa se da al día siguiente, cuando José, tras una jornada de angustia, con el propósito de cubrir sus huellas vuelve a lo del vecino y éste lo recibe, vivo, ileso. Pequeña flor sorprende por las variaciones, los tonos, los riesgos que toma un autor que ya está entre los más consagrados de su generación.

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4 libros para el fin de semana

libros

Llegó el frío y con él, las ganas de quedarse en casa, acomodarse en el sillón estrecho, arroparse con una fina manta de lana frente al hogar a leña, las rapsodias húngaras de Liszt de fondo y el círculo cálido de una lámpara de pie que se abre en la intimidad sobre las hojas de un libro que… Las recomendaciones de esta semana son un poquito más hardcore: por ejemplo Amor invertido, una “novela de cojer” escrita a cuatro manos por Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao. También dos que llegan de Uruguay: La alemana, del [ponga su adjetivo superlativo aquí] Gustavo Escanlar, y El perro de Fogwill, de Mario Bellatin (que usa el viejo chiste que todos alguna vez usamos “¿cómo está la perra de tu madre?”). Y como no sólo de sexo y violencia vive el hombre, cerramos las recomendaciones de este fin de semana con 100 recetas En llamas de Francis Mallman. Aquí los detalles de cada uno.

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“En Maelstrom, como en muy pocos textos contemporáneos, se mezcla magistralmente una estética del parpadeo constante, que sin duda es deudora de las nuevas tecnologías”. Jorge Consiglio, Mario Ortiz y Christian Kupchick acompañaron a Luis Sagasti en la presentación de Maelstrom en Bahía Blanca.

Por Jorge Consiglio.

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En la novela Maelstrom se conjugan dos vertientes que ya son una marca (por apropiación, por el uso personal que hace de estos recursos) de la poética Sagasti. La primera es el empleo de un flujo narrativo sinuoso, lleno de esquinas y de potentes aristas, un flujo por el que se concilian opuestos, porque pervive en él una trasparencia absoluta —que, creo, está sostenida por un coloquialismo de fuerte verosimilitud— y, al mismo tiempo, una opacidad notable, porque, por lo general, lo más importante queda no dicho o, mejor, formulado a partir de una elipsis. En torno a esta primera vertiente de la poética Sagasti se estructuran dos de sus novelas: El canon de Leipzig y Los mares de la luna. La segunda vertiente se plantea con claridad en Bellas Artes. Allí el sentido —no el significado, el sentido— se abre a partir de la contigüidad de escenas que se organizan teniendo en cuenta un principio —llamémosle— lírico. Hay un corrimiento del orden ortodoxo, de la lógica argumental de la prosa. Lo que se pone en juego aquí es el contacto de nodos del relato que hacen sistema sin perder singularidad y autonomía. Se trata de un chispazo entre uno y otro, una discontinuidad, un hiato, un programado hilo de interrupciones. Y, justamente, en este punto se cifra la belleza de la novela. Esa fricción entre elementos del mismo orden pero emancipados de la totalidad hace que en el texto comience a circular una tensión de deseo que involucra al lector. Porque a partir de Barthes sabemos que: “es la intermitencia, como bien ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición”.

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Todo el virtuosismo de Stephen Dixon para crear climas y sensaciones se pone em juego en esta breve historia de vacaciones de un padre divorciado y su hija pequeña. El cuento, bellísimo y melancólico, está incluido en Ventanas y otros relatos (Eterna Cadencia Editora).

Texto: Stephen Dixon. Traducción: Ariel Dilon.

ventanasChoca su cabeza contra algo mientras hace ejercicios. Ve luz, siente sangre, va al baño –todo esto en la oscuridad, apenas un poco de luz de luna–, allí enciende la luz y ve el corte. “¿Cómo pude ser tan estúpido?”, piensa. “Poco familiarizado con la casa; estuvimos aquí todo un mes el verano pasado pero es nuestra primera noche, este año; ¿por qué no encendí las luces?”. Estaba haciendo ejercicios en el comedor, que contiene la escalera, y su hija estaba durmiendo o quedándose dormida arriba con su puerta abierta, porque le daba miedo dormir con la puerta cerrada y él no quería que la luz la despertase. Ya tiene una toalla de papel apoyada en el corte, la mira y mira el corte en el espejo, sigue sangrando, presiona más fuerte, piensa que debería ponerle encima una bolsa de hielo para contener la hinchazón, entra en el comedor para ir a la cocina pero se detiene a ver qué fue contra lo que golpeó su cabeza. Se para en el lugar donde piensa que estaba haciendo ejercicios. Debe de haber sido uno de esos dos barrotes o palos o lo que sean… simplemente los listones verticales del respaldo de la silla de su izquierda, del juego de comedor, contra los que golpeó su cabeza.

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