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Archive for 10/07/15

Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno hablan de Amor invertido (Seix Barral), la novela erótica que escribieron a cuatro manos.

Por Patricio Zunini.

Dicen que el primer contacto fue literario: que él le dio un ejemplar de Cámara Gesell y ella uno de Cómo usar un cuchillo. Dicen que a partir de esas lecturas nació una complicidad, que se dieron cuenta de la comunión de escrituras. Dicen que el amor surgió así, imbricado en la admiración mutua. Y también dicen que frente a los viajes y las distancias sintieron la necesidad de dar una respuesta como escritores: que en lugar de mandarse mails con la urgencia de los enamorados, pensaron en enviarse los capítulos de una novela epistolar. Sin reglas ni plan, lo único en que se pusieron de acuerdo es que iban a mandarse una carta por día, él con el rol de la mujer, ella con el del varón. En esa intimidad nació Amor invertido, la novela erótica situada en el cambio del siglo XIX al XX, escrita a cuatro manos por Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno.

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¿Qué leer?

Cuatro recomendaciones para el fin de semana.

libros

Bueno, van a durar un poco más que para el fin de semana… Los cuentos completos de Ballard (¡¡¡casi 1300 páginas!!!), las reediciones de las novelas de José Pablo Feinmann, empezando por el clásico Últimos días de la víctima, y dos maravillas que llegan desde la Universidad Diego Portales, de Chile: La caza sutil y otros textos, de Julio Ramón Ribeyro, y La voz extraña, de Fabián Casas. Estas son cuatro de las muchas novedades que llegaron esta semana a la librería. Venga, mire y revuelva, su pregunta no molesta, siempre que se lleve algo.

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¿Es posible que un escritor intervenga un cuento de otro (más famoso, más importante) sólo por razones literarias?

Por Martín Kohan.

Un indicio elocuente de la insignificancia social de la literatura, entre los tantos que, lamentablemente, tenemos a disposición, es que en los casos en los que alguien toma una iniciativa por una motivación puramente literaria y, luego, es con esa motivación literaria con la que se explica y se justifica, pues bien: casi nadie le cree. O aparecen unos cuantos, en todo caso, y no son pocos, que se muestran escépticos y suspicaces, no ven nunca en la literatura una razón de por sí suficiente, malician y se preguntan qué clase de cosa hay por detrás. En los casos en los que se produce un entrevero librado en términos de un debate literario, con nerviosidades y acaloramientos, otra vez: casi nadie cree, o al menos muchos descreen; les parece que nadie habrá de ponerse a discutir así apenas por esa cosa nimia (pues para ellos es nimia), una cosa de tan poquita importancia (pues para ellos importa muy poco), como es la literatura. De nuevo sospechan, alzan su ceja, y se interrogan: ¿qué clase de cosa hay por detrás?

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Planteado como el fragmento de notas encontrado en “El cuaderno de notas de un refugiado” (de nombre desconocido, probablemente universitario), que estaba detrás del espejo de un cuarto de alquiler desocupado de ciudad de Nueva York. El texto que sigue pertenece al exquisito libro Cuentos reunidos de Cynthia Ozick, publicado este mes por Penguin Random House.

Por Cynthia Ozick.

No hace mucho que convirtieron la casa vienesa de Freud en un museo, pero son pocas las visitas que recibe. Incluso es difícil saber que está ahí: los grandes hoteles no la mencionan en los tablones de anuncios, nadie la considera parte del circuito turístico. Si alguien quiere encontrarla, el único sitio donde preguntar es en la comisaría de policía.

No estuve allí en persona (jamás piso ningún territorio que lamiera la bota de los nazis), pero a menudo soñé con las fotografías de las reducidas dependencias donde Sigmund Freud redactaba sus tratados, citaba a sus pacientes y guardaba, en una vitrina, su colección de estatuillas antiguas y animales de piedra. Hay una imagen de Freud sentado delante de su escritorio, mirando un manuscrito a través de unos anteojos perfectamente redondos con montura negra; a su espalda está la vitrina reluciente sobre la que se ve un camello de buen tamaño, tallado en madera o piedra, y una magnífica urna griega a uno de los lados. Hay una pared de libros, un jarrón con flores de sauce blanco y, en cada estante y superficie útil, cálices, copas, pequeñas bestias y cientos de esas extrañas deidades.

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