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Archive for 6/08/15

El crítico y editor español Constantino Bértolo, invitado al Filba Internacional 2015, habla de ambos roles en el “proceso” de la literatura: “El sistema de homologación de qué sea arte o qué sea literatura sigue actuando con parámetros pre-digitales”, dice.

Por Patricio Zunini. Foto: Alejandro Lamas.

constantino bértolo

Profesor y crítico literario, Constantino Bértolo (Lugo, 1946) se destaca, sobre todo, por su rol como editor. Con más de tres décadas en la tarea —fue, por ejemplo, el director de Debate entre 1990 y 2003—, su labor alcanzó una dimensión de excelencia durante los diez años que estuvo a cargo del sello Caballo de Troya, puesto que abandonó en 2014, al momento de jubilarse. Caballo de Troya era una perla del collar del grupo Random House que se movía, sin embargo, como una editorial independiente. Bértolo mantuvo siempre la vocación de descubrir nuevos autores y publicó apenas 80 títulos —a razón de 8 por año—: él es el responsable de que los lectores españoles hayan leído, entre otros, a Mario Levrero, Sergio Bizzio, Mercedes Alvarez, Aurora Venturini, Iosi Havilio, Elvira Navarro. Marxista exquisitamente recalcitrante, no dejó de pensar el rol del crítico, del editor, la circulación y el mercado del libro, la literatura como proceso. Todo eso está puesto de manifiesto en el recomendable ensayo La cena de los notables (publicado por Periférica en España, el mes próximo saldrá en Argentina por Mardulce).

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El crítico y editor español Constantino Bértolo, invitado al Filba Internacional 2015, habla de ambos roles en el “proceso” de la literatura: “El sistema de homologación de qué sea arte o qué sea literatura sigue actuando con parámetros pre-digitales”, dice.

Por Patricio Zunini. Foto: Alejandro Lamas.

constantino bértolo

Profesor y crítico literario, Constantino Bértolo (Lugo, 1946) se destaca, sobre todo, por su rol como editor. Con más de tres décadas en la tarea —fue, por ejemplo, el director de Debate entre 1990 y 2003—, su labor alcanzó una dimensión de excelencia durante los diez años que estuvo a cargo del sello Caballo de Troya, puesto que abandonó en 2014, al momento de jubilarse. Caballo de Troya era una perla del collar del grupo Random House que se movía, sin embargo, como una editorial independiente. Bértolo mantuvo siempre la vocación de descubrir nuevos autores y publicó apenas 80 títulos —a razón de 8 por año—: él es el responsable de que los lectores españoles hayan leído, entre otros, a Mario Levrero, Sergio Bizzio, Mercedes Alvarez, Aurora Venturini, Iosi Havilio, Elvira Navarro. Marxista exquisitamente recalcitrante, no dejó de pensar el rol del crítico, del editor, la circulación y el mercado del libro, la literatura como proceso. Todo eso está puesto de manifiesto en el recomendable ensayo La cena de los notables (publicado por Periférica en España, el mes próximo saldrá en Argentina por Mardulce).

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A 70 años de la bomba.

Por Mónica Yemayel.

Pisaron Hiroshima. Sabían qué buscaban. La historia de unos pocos hombres y mujeres que resumieran la suerte de toda la humanidad. Sólo uno de cada seis habitantes había sobrevivido. Se quedaron allí, junto a los gembakusho. Sabían qué buscaban. Un relato perfectamente indestructible. Los dos cronistas registraron, con estilos diferentes y años de distancia, las huellas de lo que fuimos, de lo que somos.

Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino.

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Una lectura de la novela Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares, quien participará del próximo Filba Internacional en septiembre.

Por Valeria Tentoni.

TavaresGonçalo Tavares publicó su primer libro a los 31 años y, según explica, siempre tuvo clara no solo la diferencia entre escribir y publicar sino también las posibilidades de efecto sobre la escritura que se disparaban con el cruce del umbral de la publicación y el abandono de la condición de inédito. Así que, entre sus 18 y sus 30 años, escribió y escribió y escribió. Para cuando sacó su primer libro ya tenía una decena listos. A los que siguieron y seguirán los deja reposar, en promedio, unos siete años antes de entregarlos a las editoriales. Dice que necesita tomar una distancia así de grande para corregir un libro, tanta como haga falta para no ser el mismo que lo escribió y, en ese desapego, mejorarlo. Dijo también que esperó hasta ser un autor lo suficientemente maduro como para recibir cualquier reacción (desprecio, celebración o indiferencia) a sus libros, y así y todo poder seguir escribiendo. Solo cuando no tuvo ninguna duda de que, ocurriese lo que ocurriese, iba a seguir haciéndolo, publicó. Es que cuando no escribe se siente mal. Físicamente mal. El resultado de una disciplina y un control así es, en su caso, brillante —tienta creer que reiterando el método se conseguirá igual logro, pero conviene dirigir mejor la fe para no extraviar su fuerza. (más…)

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“Toda información, como aparición de lo no probable, puede concebirse como apertura a lo nuevo, a la posibilidad de que algo nuevo ocurra, esto es, a la creatividad”. Presentamos la introducción al ensayo El universo de las imágenes técnicas. Elogio de la superficialidad, de Vilém Flusser (Caja Negra).

Por Claudia Kozak.

En los años ochenta del siglo XX, el pensador checo-brasileño Vilém Flusser comenzó a rodear con su escritura el núcleo de un cambio de época que, si bien aportaba ya grandes evidencias, no se advertía necesariamente a fondo en la vida cotidiana con la fuerza con la que se percibiría varias décadas después. Como dice el mismo autor en la “Advertencia” a la segunda edición alemana del libro que presentamos –reproducida en la versión brasileña, cuya traducción publicamos aquí en español–, el impulso era el de captar la disposición vital irreal de la sociedad puramente informacional. No es que no existieran otros libros y pensadores que abordaran estos temas para el momento en que Flusser escribe sobre ellos. El conocido informe Nora-Minc acerca de la informatización de la sociedad, encargado por el gobierno francés y publicado en 1977, había proporcionado un panorama ajustado de las transformaciones que las sociedades occidentales estaban enfrentando. Dos años después, Jean-François Lyotard daba a conocer La condición postmoderna, surgido de un informe encargado por el gobierno de Quebec y cuyo primer capítulo se preguntaba por el saber en las sociedades postindustriales informatizadas. Y al mismo tiempo, pero con notas diversas, Alvin Toffler vaticinaba sobre una tercera ola para la humanidad que, dejando atrás sociedades agrícolas e industriales, caminaría hacia la sociedad postindustrial, infomatizada y postideológica. La temática, en efecto, estaba en el aire. Lo que resultaba distintivo en el caso de Flusser era quizá la persona y su circunstancia, la trama filosófica, y el eje de la cuestión puesto en una nueva realidad de imágenes técnicas, cuya última fase, hasta el momento, serían las imágenes sintéticas, de las que habla principalmente este libro.

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