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Archive for 22/10/15

Libros para chicos escritos por poetas: novedades recomendadas y algunas preguntas a cuatro de los autores argentinos contemporáneos más maravillosos que produjo este cruce. Laura Wittner, Roberta Iannamico, Ezequiel Zaidenwerg y David Wapner.

Por Valeria Tentoni.

Captura de pantalla 2015-10-21 a las 12.53.10 Una ilustración de Mariana Ruiz Johnson en Veo veo, conjeturas de un conejo.

¿Qué hay entre la poesía y los chicos que se lleva tan bien, que se entiende con la magia de las correspondencias ancestrales, quizás inclusive desde antes de la palabra como palabra la entendemos hoy, cuando todo se decía con manchas sonoras y daba lo mismo que hablara un pájaro, la madre, un amigo o el viento? Para pensar un poco alrededor de la poesía y de los libros que disfrutan los chicos, conversamos con cuatro escritores maravillosos y recomendamos sus trabajos. (más…)

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La comisión de cultura de la Cámara de Diputados está trabajando en un proyecto de ley que regule la actividad de los traductores.

Por Patricio Zunini.

traduc

No existe en la Argentina una legislación sobre la labor de los traductores literarios. La tarea queda contemplada por ciertos artículos de la Ley de Propiedad Intelectual, pero, al no haber un marco jurídico específico, es en el trato con la editorial donde se terminan de definir obligaciones y derechos. Además, en tanto que cada vez es mayor el consenso en considerar al traductor como coautor —el viernes pasado, el 81° congreso del PEN, que se realizó en Quebec, se cerró con un documento en el que lo definía como “creador”— aquella ley ha comenzado a perder vigencia, ya que lo considera casi como un prestador de servicios.

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De la obra al nexo

¿Es obligatorio leer? ¿Para qué leemos? ¿Para saber? ¿Por placer? ¿Para no quedar afuera de conversaciones interesantes? ¿Por qué seguimos repitiendo, sin pensar, que la lectura es buena?

Por Virgina Cosin.

Ansiedad de tenerte entre mis brazos. Eso es lo que le canto, con voz de bolero, al libro que tengo frente a mí, recostado al lado de otros libros, exhibiendo en su portada un título jugoso, una contratapa que –cuando lo levanto y lo doy vuelta- promete más o menos la felicidad. Soy hija de Eva. Sé de tentaciones, de querer saber, de desoír prohibiciones. Los libros están caros. Si, muy caros. Y además quiero ese otro. Y ese otro y el de más allá. Los quiero. Pero ¿Para qué? ¿Para leerlos? Sí, claro. Para leerlos. Eso me digo y justifico el despilfarro porque, bueno, trabajo de esto, es una inversión, es a futuro, no puedo no leer esos libros, no puedo no tenerlos. Pero lo cierto es que aunque el deseo de poseer el libro se inflama cuando leo un comentario, una contratapa o el nombre del autor –del que quizá leí, quizá no, otros libros-, disponer del tiempo que requiere su lectura –del modo que tradicionalmente entendemos que se debe leer un libro: de principio a fin- me cuesta cada vez más. ¿Es la edad? ¿Es la época? ¿Es la proliferación monstruosa de textos que ahoga el deseo, como una planta a la que se le echa demasiada agua?

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