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Archive for 12/11/15

¿Por qué tantos sociólogos se destacan en la literatura?

Por Patricio Zunini.


Biblioteca Nacional. El director es el sociólogo Horacio González.

Fogwill y Tabarovsky usaban lenguaje castrense para hablar de sus estudios universitarios: se decían sociólogos con retiro efectivo. Algunos meses atrás, Hernán Vanoli (su novela más reciente es Cataratas) publicó un muy buen artículo en el que planteaba una serie de malentendidos con respecto a la relación entre la literatura y la sociología: “Se habla de «literatura sociológica» como si alguna literatura pudiera estar por afuera de condiciones de producción, de condiciones de lectura, de circulación, por fuera del sistema de relaciones sociales que componen a la literatura”, decía. Lo cierto es que a un nivel más epidérmico, no deja de ser llamativo la presencia de los sociólogos en el ambiente literario argentino actual. ¿Por qué tantos sociólogos se destacan en la literatura? Eugenia Zicavo, Diego Grillo Trubba, María Pía López, Gustavo Ferreyra y Hernán Vanoli buscan responder a este interrogante.

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Martín Kohan acompañó ayer a Leila Guerriero, que presentó Zona de obras (Anagrama) en la librería.

Por Martín Kohan.

Kohan+Guerriero

No podría decirse, creo yo, que Leila Guerriero sea como esa clase de maestro que definió Jacques Rancière: el que enseña lo que no sabe. Pero sí, en todo caso, y con manifiesta convicción, es la que enseña que no sabe, la que enseña que no se sabe. Porque el supuesto auge de la crónica o del periodismo narrativo (digo supuesto porque ella misma fundamenta sus fuertes dudas al respecto), y su indudable condición de referente en la materia (hay varios factores que lo prueban; mencionaré uno, el que más relevante me resulta: sus libros) la han colocado en el lugar de quien se espera que pronuncie su lección, que revele su fórmula, que explique cómo se hace, que enseñe. Y así requerida, una y otra vez, Leila Guerriero enseña, efectivamente enseña, pero otra cosa: enseña que “en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios” (13). Esta es su declaración de principios, que parece una confesión, a primera vista, pero admite leerse también como una reivindicación posible: “yo soy periodista, pero no sé nada de periodismo. Y cuando digo nada, es nada” (93). Basta leerla, al mismo tiempo, basta leer Los suicidas del fin del mundo o leer Una historia sencilla, para advertir que lo sabe todo. Lo que ocurre es que ese todo responde a una premisa socrática, o a la señal que en una entrevista le desliza un determinado mago y que apunta a ese mismo punto de partida, el de saber que no se sabe. Que no hay ni tiene que haber instrucciones, sino en todo caso algunas pistas; un recorrido necesariamente propio que cada cual habrá de procurarse, y no un discurso del método que alguien habrá de establecer y de impartir.

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Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Roland Barthes. Presentamos la nota de los editores del volumen Seis formas de amar a Barthes (Capital Intelectual), que incluye textos de Julia Kristeva, Tiphaine Samoyault, Alberto Giordano, Éric Marty, Silvio Mattoni y Edgardo Cozarinsky.

Por Maya González Roux y Enrique Schmukler.

Para André Guitard

“Solo los muertos son objetos creadores”, anota en sus apuntes para el curso “Lo neutro”. En el año del centenario del nacimiento de Roland Barthes, se corre el riesgo de que la profusión de homenajes termine por asfixiar su figura en el panteón de los ilustres. Probablemente ningún crítico haya sido tan consciente como él del carácter equívoco que conlleva cualquier figura de autor. De hecho, esa delicada exploración de sí que es el Roland Barthes por Roland Barthes resultó ser el lento destilado de una prolongada reflexión sobre el autor que había comenzado más de una década antes, con el artículo “La muerte del autor”, de 1968, y que daría un giro definitorio en el “Prefacio” de Sade, Fourier, Loyola. Allí, cuidándose de no rectificar (del todo) su flamígero y nietzscheano dictamen anterior, Barthes señala la “morfología” imaginaria del autor, su carácter intersubjetivo, de “simple plural de ‘encantos’”, en cuyos contornos reconoce menos a la “persona (civil, moral)” que a un “cuerpo” atractivo de detalles.

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