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Archive for the ‘Adelantos’ Category

Mañana: Lectorama

Ana María Shua, Ariel Magnus y Diego Arbit: tres estilos que se entrecruzan en un recital de lecturas.

lectorama

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Desde hace unas semanas le venimos preguntamos a otras editoriales qué novedades nos encontraremos en los estantes de la librería. Esta vez, nosotros (orgullosos de nuestro catálogo) queremos contar los futuros lanzamientos de nuestra editorial.

Leonora Djament, directora editorial, anticipa las novedades de abril, mayo y junio:

lomos eterna cadencia editora

Abril

En abril vamos a sacar un maravilloso libro de cuentos de Fabio Morábito: La lenta furia. Morábito es uno de los escritores mexicanos contemporáneos más importante, que curiosamente nunca fue distribuido en la Argentina. Es mexicano, aunque nació en Egipto y vivió en Italia sus primeros años. Según Sergio Pitol, Morábito “se reveló como uno de los ´raros´ de la lengua. Su prosa elegante y exquisita es irrepetible”. Para nosotros es un honor poder distribuir sus libros. Ahora publicamos La lenta furia, y a fin de año o a comienzos de 2010 publicaremos un segundo libro de cuentos: Grieta de fatiga.

Por otro lado, vamos a publicar El laberinto del universo. Borges y el pensamiento nominalista de Jaime Rest. Dentro de la colección de ensayos tenemos la subserie “Rescates”  donde rescatamos libros que hace 20 o 30 años no circulan por las librerías. Libros que fueron clásicos en su momento, que son excelente bibliografía y que por diferentes motivos no se consiguen. La edición original de este libro era de Fausto y hoy es casi un incunable. Como en su momento pusimos en circulación los libros de Masotta, ponemos ahora este libro de Rest, que es uno de los ensayos más importantes sobre Borges que se hayan escrito en la Argentina. Esta nueva edición ofrece un prólogo de Maximiliano Crespi, que es un investigador especialista en Rest.

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Un sueño de amor

Un adelanto de Los padres de Sherezade de Daniel Guebel.

los padres de sherezadeUn sueño de amor (fragmento)

Esta es la historia de una crisis espiritual y sus consecuencias.

El episodio ocurrió hace décadas, centurias, en la lejana Rusia de los Zares.

No importan las señales previas. En algún momento de su vida, el joven Nikita Volkoff, que había dedicado algunos años a convertirse en compositor de música culta, comprendió que no tenía talento para tal actividad. Arrasado por ese descubrimiento, vivió unos meses frenéticos, buscando consuelo en los amigos, las mujeres y el alcohol. Luego, harto de pretender lo que no hallaba, se dejó estar. Pasaba las horas contemplando con mirada ausente los túmulos de ceniza fría en la chimenea, los progresos de la humedad en las paredes de su cuarto. En ocasiones un comentario o un gesto cualquiera le arrancaban el llanto y terminaba abrazado a la cocinera. Parecía sufrir accesos de misticismo, aunque no dejaba ver cuál era su objeto de devoción; se entregaba a un confuso panteísmo que tornaba divino un jarrón, un vaso de agua, la rama rota de un alerce, un par de medias sucias, un fuego encendido, una Biblia, una pinza de depilar.

De aquel período son las anotaciones más emotivas de su Diario, aquellas donde, perdida ya toda cautela, dejaba traslucir su perturbación. Escribía: “No se me escapan las miradas de mi prójimo, que por reflejo vuelven aterradora la idea acerca de mi propio estado mental. Soy un genio que da lástima. Por las mañanas despierto y escucho ‘ti-tú, ti-tú’ (agudo, grave, agudo, grave), el canto irreal de un pájaro imaginario”.

Frívolo, serio, frívolo, serio, Nikita especuló durante un tiempo con poner fin a su vida. Estaba convencido de la necesidad de hacerlo, pero lo demoraba el horror a la mutilación. Para disimular esa muestra de íntima cobardía de rango estético, y sin nada en particular que hacer, abrazó la causa del despojamiento. Subsistía penosamente; dormía abrazado a un perro sarnoso, repartía su comida entre los pobres, se volvió un San Francisco obsesional. Sin embargo, había en su actitud un resto de soberbia esperanza, la lujuria de la contrición. Se decía: “Quiero que me olviden”, como si hubiera hecho algo que lo volvía digno de ser recordado. Por fin, debió reconocer que su aparatosa tournée por los territorios de la humildad de espíritu no lo había protegido del resentimiento y el fracaso.

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Kirchner, una vida

vagón fumadorUn nuevo adelanto de Vagón Fumador: “Kirchner, una vida”, de Daniel Link.

Kirchner, una vida

Kirchner gritó, gritó, gritó, mientras se revolcaba en el cuarto al que había sido confinado, tratando de quitarse el chaleco de fuerza que le habían impuesto.

Estaba mal, Kirchner, desde la guerra, tres años atrás: “el campo… el campo…”, musitaba entre sueños durante las noches en que lo sometían a dosis crecientes de morfina para que descansara un poco. De otro modo, se la pasaba gritando inmundicias, augurando complots que iban a destruir el país, el continente, el mundo, y reclamando los cigarrillos que en la clínica psiquiátrica le habían prohibido consumir. Nadie entendía a ciencia cierta qué era lo que quería dar a entender con esas palabras entredichas, pero como era imposible obtener de él mismo una explicación coherente, se aceptó la hipótesis de una fijación maníaca y de un rechazo al modo de vida urbano que hasta su hundimiento mental había sido una de sus características más sobresalientes.

No se sabe todavía qué fue lo que se desmoronó en la cabeza de Kirchner(1). Para algunos (un esquizofrénico que convivió con él en el mismo loquero durante algunos años), su sensibilidad enfermiza lo sumió en la insania: “Somos los sismógrafos de la tragedia de nuestra cultura”. Para otros, su conocida afición a relacionarse con prostitutas fue lo que precipitó la caída. Era una enfermedad de transmisión sexual lo que lo habría llevado, según esta versión, primero a la locura y después al suicidio. Un médico prestigioso, el Dr. Edel, llegó incluso a diagnosticarle atrofia cerebral como consecuencia de un estadio avanzado de sífilis, lo que decidió su mudanza permanente al sur (tan mítico y tan de moda por aquellos años). Naturalmente, habría que revisar con más atención su historia clínica para avalar esta conclusión un poco temeraria, porque no parece haber correlación entre el lapso que va de su internación hasta el suicidio y la oscilación de su estado mental, que pasaba de un relativo equilibrio, durante el cual podía hasta sostener conversaciones con cierta coherencia, a sus profundos desarreglos, que sumían en la desesperación a quienes lo rodeaban. ¿Tan sensible era Kirchner? ¿Tan fatal había sido su apego a esas mujeres que, desde su perspectiva, erotizaban las calles? Kirchner no podía andar solo por el mundo, incluso mucho antes de perder la razón, porque su erotomanía era tan intensa como su afición al tabaco. Hubo momentos en que, si de él hubiera dependido, no habría podido pagarse el alquiler.

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Marlboro light

vagón fumadorFragmento de “Marlboro Light”, de Mario Bellatin. Incluido en Vagón Fumador.

Marlboro Light

El escritor escuchó, como un rumor vago producido a sus espaldas, que no había nada más interesante que consumir un Marlboro de vez en cuando. Ahora lo vemos, aplastado sobre sí mismo, cargando con una edad que no parece corresponderle. Está semidesnudo. Golpeado. Se encuentra en la puerta de un local nocturno y presenta una retorcida postura en apariencia oriental. Todo empezó cuando oyó que se debía fumar un cigarrillo cuando se sintieran ganas de hacerlo. Antes de eso se consideraba un hombre común y corriente. Por eso le llamó la atención un consejo semejante. Hasta ese momento no había experimentado problemas psicológicos mayores. Pensaba que los cigarrillos estaban diseñados para otro tipo de persona, hombres desequilibrados principalmente. Cuando oyó el consejo estaba tomando el sol en una de las terrazas de lo alto de la bahía. Abajo, casi en el borde del horizonte, podían verse algunas embarcaciones. En ciertas épocas podía apreciarse desde allí la peregrinación anual de las ballenas. A pesar de lo majestuoso del paisaje, el escritor puso especial atención al consejo que oía a sus espaldas. Hizo incluso algunas preguntas. Descubrió entonces que los Marlboro eran un producto que cualquiera podía utilizar. Que era posible obtenerlos no solo para solucionar algún problema de índole personal, sino principalmente para experimentar nuevas sensaciones. Nunca antes lo había tenido en cuenta. Quizá porque eran pocas las cosas que verdaderamente le llamaban la atención. Sin embargo, en algunas ocasiones hacía ver a los demás que era agradable encontrarse en terrazas de casas de playa. Pasear en velero. Comer las ostras recién cosechadas que ofrecían ciertos pescadores que se acercaban a venderlas al borde del acantilado. Creyó olvidar aquel consejo –de fumar un Marlboro de vez en cuando– hasta dos semanas después. En ese entonces el escritor se encontraba en su propia casa acompañado de un amigo. Se trataba de un encuentro un tanto forzado. Era lunes. El escritor hubiera preferido acostarse en su cama, ver las noticias y dormir para estar despejado al día siguiente. Pero se le hizo tarde para cancelar la cita. En cierto momento, no sabiendo bien qué tema tocar, le preguntó al amigo si sabía de las propiedades de los Marlboro, y si era cierto que no era un producto diseñado únicamente para personas con problemas. El amigo respondió que no los había probado nunca, pero que ciertos conocidos habían alabado más de una vez sus propiedades. En ese momento nuestro escritor sugirió que salieran a comprar un paquete y que buscaran después un lugar apropiado donde consumirlo. Era difícil. Se trataba de un día muerto, además hacía frío, pero ambos parecían encontrarse realmente aburridos en esa casa. Decidieron salir a la calle.

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Un verano luminoso

Desde Random House Mondadori (ex Sudamericana), nos cuentan que en diciembre publicarán La Novela Luminosa, de Mario Levrero. Nos informan también que a lo largo de 2009 seguirán publicando otras obras del autor uruguayo, fallecido en 2005. 

Es una gran noticia para todos los lectores, ya que se podrá disfrutar una obra que ha tenido una circulación muy despareja, y que ha transformado a Levrero en un autor casi de culto, obligando a sus seguidores a rebuscar en librerías de viejo.

Para aquellos que todavía no lo conocen y no quieren esperar hasta diciembre, se pueden encontrar en las librerías El Discurso Vacío, de Interzona y Dejen todo en mis manos, de Mondadori.

Anterior edición de Alfaguara

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PD: Como editores, debemos confesar que sentimos un poco de envidia. Estuvimos persiguiendo a los herederos infatigablemente para conseguir los derechos. No pudo ser.

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