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Archive for the ‘Clics modernos’ Category

En la búsqueda de seguir descubriendo autores jóvenes (“sub-30”), presentamos a la escritora marplatense Agustina Catalano: “Que como postura crítica asumamos la idea de que «el autor ha muerto» no significa que no exista una atracción, un magnetismo, por esas historias que están a media luz”, dice.

Por Mariano Vespa.

catalano

“Una amenaza de bomba/ es lo mejor que puede pasar/ en un congreso de literatura.” Así arranca Correspondencia, un intercambio entre los escritores marplatenses Joaquín Correa (1987) y Agustina Catalano (1990). La edición presenta una exquisita ambigüedad: está catalogado en una colección de fanzine, con un grabado de Mémories de la Société des Sciences Naturelles de Neuchatel (1835) que anteceden los escritos, más cercanos a las notas de cuaderno, a las conversaciones de chat, o incluso a los versos libres, que a la epístola tradicional. Ambos han publicado relatos y artículos críticos y reseñas en distintas revistas digitales. Sus libros fueron editados en La Bola, uno de esos sellos que hay que prestar atención. Correa publicó los poemas La última frazada, y acaba de traducir a Paulo Leminski para Puente Aéreo, otra editorial marplatense. En su Correspondencia, transmiten un contrapunto entre el desencanto de las instituciones académicas y el entusiasmo por la escritura. Ya en su libro anterior, Dos mil doscientos ochenta y uno, Catalano adelantaba su propuesta: un tipo de escritura fragmentaria que exploraba la intimidad de una joven que se muda sola y las percepciones que tiene de su entorno. El año que viene saldrá un libro de relatos en Outsider. “Mi escritura es un poco border”, dice. Agustina es una narradora que ajusta su ojo en cuanto avanza su relato. Por eso, a partir de algunas temáticas o atmósferas que se perciben en sus relatos, le pedimos que nos cuente su recorrido de lecturas.

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Chica de oficina

En Workaholic, Natalia Gauna escribe el diario de la empleada administrativa de una obra social que registra cómo el trabajo envuelve la desidia, la alienación, los deseos frustrados.

Por Mariano Vespa.

1. Un limpiador de piletas, un vendedor de anillos artesanales, un moderador de comentarios de sitios webs, una empleada de call center, un profesor de escuela marginal. La nueva narrativa argentina ha tematizado con diferentes enfoques y texturas la problemática del trabajo. Quizás la conciencia post 2001 dejó su huella. Pocos ejemplos toman en consideración el espacio de la oficina, quizás uno de los espacios neurasténicos más importantes de las grandes ciudades. Puede citarse el relato “Hacia la alegre civilización de la capital”, del libro El núcleo del disturbio, donde Samanta Schweblin narra cómo un hombre no tiene cambio para sacar un boleto de tren, a instancias del boletero, comienza a realizar tareas en su campo. Despersonalización, vacío, y fuerza de voluntad son algunos de los ejes que pone en consideración Schweblin, valores que también se inscriben en Workaholic, primera novela de Natalia Gauna (Milena Caserola). Con el pulso del inminente desborde, la empleada administrativa de una obra social detalla en un diario todo lo que sucede entre la desidia, la alienación, el papeleo y los deseos frustrados.

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Nicolás Correa y Lucas Ryan, dos sub-30 que le dan nuevos aires a la ciencia ficción y el terror en la literatura argentina contemporánea.

Por Mariano Vespa.

nicolás correa

1.

Aunque parezca descabellado, los cimientos en los que se erigen distintos géneros menores como la ciencia ficción y o el terror, no cuentan con un punto de apoyo firme en la literatura argentina. Son acercamientos laterales. En El libro de los géneros, Elvio Gandolfo señala que no existe la ciencia ficción argentina como tal, sólo se trata de una “sucursal de lo fantástico”. Como ejemplo, cita algunos relatos de Holmberg, Lugones, Quiroga, Macedonio, Dabove, Borges, Cortázar y algunas novelas de Bioy. El panorama es un poco más desolador en el caso del terror: Gandolfo menciona los aportes de Silvina Ocampo, Wilcock y Charlie Feiling. En poco más de una década, la aparición de distintas propuestas como Plop, de Rafael Pinedo, El año del desierto, de Pedro Mairal, Borneo, de Oliverio Coelho, y Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet en el plano de las distopías, y los libros góticos de Juan José Burzi y Mariana Enriquez redefinen ambos géneros. A esta lista pueden sumarse dos novelas recientes: Mara, de Lucas Ryan e Íncubo, de Nicolás Correa.

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Nicolás Correa y Lucas Ryan, dos sub-30 que le dan nuevos aires a la ciencia ficción y el terror en la literatura argentina contemporánea.

Por Mariano Vespa.

nicolás correa

1.

Aunque parezca descabellado, los cimientos en los que se erigen distintos géneros menores como la ciencia ficción y o el terror, no cuentan con un punto de apoyo firme en la literatura argentina. Son acercamientos laterales. En El libro de los géneros, Elvio Gandolfo señala que no existe la ciencia ficción argentina como tal, sólo se trata de una “sucursal de lo fantástico”. Como ejemplo, cita algunos relatos de Holmberg, Lugones, Quiroga, Macedonio, Dabove, Borges, Cortázar y algunas novelas de Bioy. El panorama es un poco más desolador en el caso del terror: Gandolfo menciona los aportes de Silvina Ocampo, Wilcock y Charlie Feiling. En poco más de una década, la aparición de distintas propuestas como Plop, de Rafael Pinedo, El año del desierto, de Pedro Mairal, Borneo, de Oliverio Coelho, y Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet en el plano de las distopías, y los libros góticos de Juan José Burzi y Mariana Enriquez redefinen ambos géneros. A esta lista pueden sumarse dos novelas recientes: Mara, de Lucas Ryan e Íncubo, de Nicolás Correa.

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Plano detalle

Ariel Pichersky (Buenos Aires, 1989) es autor de El corto verano de los hombres y Un deporte hermoso, participó también en la antología 8 y 8 y en la Revista Atlas.

Por Mariano Vespa.

Umberto Eco señala que las listas están en el origen de la cultura. Se trata de una forma —somera— de hacer comprensible el infinito. Hacemos listas para esquivar la muerte. En el prefacio de Las palabras y las cosas, Foucault dice que el libro nació a propósito de esa clasificación exquisita que hace Borges de los animales en “El idioma analítico de John Wilkins”. En otro texto, Foucault se pregunta cuáles son las fronteras que delimitan lo que se denomina obra: ¿qué lugar ocupan, por ejemplo, las listas de lavandería de Nietzsche?

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Muerte y alegoría

Siguiendo con la muestra de autores jóvenes menores de 30 años, Mariano Vespa presenta a Damián Tullio autor de Algo que nunca le conté a nadie (Tenemos las máquinas).

Por Mariano Vespa.

1.

En uno de los pasajes de Algo que nunca le conté a nadie (Tenemos las máquinas, 2012), Damián Tullio escribe: “Es increíble lo que uno hace para no saber”. La cita se entrelaza con aquella pregunta que Pablo Ramos les hace a sus alumnos ni bien comienzan su taller: “¿Qué fingís no saber?”

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En el camino por descrubrir las nuevas-nuevas voces de la litertura argentina, Mariano Vespa nos lleva a Tucumán, para conocer a Diego Font.

Producción: Mariano Vespa (@siskador)

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El campo literario argentino tiene poco de federalismo. Poco más de un ochenta por ciento de la producción editorial se centraliza en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. Más de quinientas editoriales están registradas en ese enclave. Estos indicadores y tantos otros, sirven de base para pensar no solo la producción sino también la circulación del libro. No deja de ser un detalle que muchos de los escritores visibles de Córdoba, Rosario o Entre Rios se hayan mudado a Buenos Aires en el último tiempo. Frente a un panorama editorial que se centraliza pero a la vez se atomiza, surgen figuras –llamémosle gestores culturales- que retroalimentan el circuito. Suelen ser escritores, editores u otros agentes, que trabajan con la cabeza puesta en difundir aquellos proyectos singulares. Algo así sucede en Tucumán, con los talleres literarios Ampersand y El juguete rabioso, que sirven como territorio de prueba y de impulso de nuevos narradores. Diego Font (San Miguel de Tucumán: 1991) es una de las voces más interesantes surgidas de esos talleres. Hablamos con él para comprender de qué manera la literatura es también un ejercicio colectivo.

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Cecilia Fanti y Bárbara Duhau hablan de los libros que escribieron con centro en la enfermedad. “Empezar a contar también es una forma de empezar a contarte”, dice Fanti.

Entrevista: Mariano Vespa (@siskador).

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Jorge Barón Biza decía que la autobiografía, como elemento integrador, servía para salvarse de la muerte. A propósito, ponía como ejemplo la lápida, no sólo como soporte sino como un género discursivo romántico en sí mismo, capaz de brindar más detalles que una mera partida de nacimiento o defunción. A pesar de la decisión de quitarse la vida prematuramente, la escritura era para Barón Biza un elemento vital, un estado de gracia. ¿Qué sucede cuando una enfermedad toma posesión del cuerpo de un escritor o de alguien de su entorno? La respuesta puede encontrarse en variadas referencias, desde Thomas Mann o León Tolstoi, hasta Roberto Bolaño o Sylvia Molloy, por citar solo algunas. En el transcurso de una enfermedad, desde el primer diagnóstico hasta la unción en el peor de los casos, se desarrolla un proceso de aprendizaje, una internalización de los avatares que contribuye a un cambio en la percepción. En ese sentido, la escritura puede ser una solución, pero también se manifiesta como un nuevo síntoma.

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En esta primera entrega de Clics modernos, una selección de narradores argentinos menores de 30, presentamos a Emilio Jurado Naón, autor de A rebato (Blatt & Ríos).

Producción: Mariano Vespa (@siskador)

juradonaonEn su Gramática de la fantasía, Gianni Rodari dice que así como una piedra arrojada en un estanque produce ondas concéntricas, una palabra es capaz de producir una serie de reacciones en cadena, “un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente”. Rodari analiza el sentido que surge a partir de distintas combinaciones discursivas. Puede verse ese juego en los cuatro relatos que componen A rebato, primer libro de Emilio Jurado Naón. En el primero, “El arroyo”, el protagonista inicia la narración a partir de una piedra que reposa en su escritorio. En ese flashback, Jurado Naón propone un recorrido de mutaciones morfológicas y espirituales: la piedra le quema la mano hábil al protagonista; la mano se desencastra; un perro se la roba; el protagonista debe negociar con el perro para intercambiar su mano por unas piedras. A la vez, el molle de un tronco cobra vida y le habla. En la progresión de sus relatos, en algún momento lo inanimado se vuelve vital. Así un melón se transforma en el cráneo de Sarmiento, dos figuras de papel maché se corporizan en una baldosa, una orquídea grita como si fuera un megáfono. l recurso tiene su contracara. En algún momento la siluetas también se desvanecen. Un ejemplo es San Martín que se desintegra en un acto después de proclamar “Civilización es plastilina”.

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