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Archive for the ‘Irrupciones’ Category

Oda al adoquín

Por P.

No se preocupen que no me voy a descolgar con alguna poesía a lo Neruda ni nada que se le parezca.

Pero desde hace unos días las ochavas de la calle de la librería se han transformado en un infierno. Decenas de hombres vestidos de amarillo -¡todo es amarillo en Capital, hasta los puentes!- trabajan a destajo para hacer las “nuevas esquinas hollywoodenses” que, para los que no las conocen, consisten en agrandar las veredas y hacer las ochavas más grandes, con el objetivo -creo yo- de que las mesas de los restaurantes y los transeuntes puedan convivir en armonía, y supongo también para darle un aire de más paseo a la zona. No me voy a poner a discutir si sirven para algo o no, no puedo afirmar ni lo uno ni lo otro.

Pero sí me sucedió que viendo los trabajos cotidianos, y observando pilas de adoquines amontonados, me acordé de un texto de Michel Tournier de uno de los libros que más me gustan y que siempre hojeo. El libro se llama El espejo de las ideas y es una sucesión de reflexiones, en donde el autor espeja dos ideas (“El amor y la amistad”, “La endogamia y la exogamia”, etc) con un pequeño análisis y comparación de ambas, siempre con inteligencia e ingenio. Si bien no siempre acuerdo con lo que expone, me produce un inmenso placer leer sus textos y siempre me dejan pensando.

el espejo de las ideas

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Por P.Z.

La literatura, como la geografía, es caprichosa: los mojones que delimitan territorios, zonas de exclusión, grupos de interés son arbitrarios. Y en el caso de la literatura, se instituyen a posteriori: sólo luego de un tiempo prudencial, se puede señalar el carácter fundacional de un hecho (el lanzamiento de un libro, la reunión de un grupo de escritores que abrazan una nueva corriente,  la realización de un festival).

En 2005, Maximiliano Tomas convocó a veinte escritores para una antología de relatos.  Los criterios de selección eran pocos y claros: “haber nacido en la Argentina a partir de 1970 (es decir, contar como máximo con 35 años a la fecha de publicación de la antología), tener una obra publicada (o en proceso de publicación) en cualquier editorial, grande o pequeña, comercial o independiente; y, sobre cada una de ellas, la fundamental: sin distinción de corrientes, escuelas ni estilos, que los textos tuvieran la calidad literaria para su publicación”. El resultado fue La joven guardia.

la joven guardia

Las expectativas, probablemente, fueran moderadas. Desde el prefacio, Abelardo Castillo oficiaba como padrino. El prólogo de Tomas hacía hincapié en el reflorecimiento de la literatura argentina. El libro fue una apuesta.

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La puerta de entrada

Por P.Z.

“Alguna vez sentiste que un
libro te hablara sólo a ti”

I

Robots, superhéroes, peces, perros, autos. De todos los personajes que abundan en las películas infantiles hay uno que logra destacarse. Desde La historia sin fin hasta Desperaux, quien abre la puerta de la fantasía, quien ayuda descubrir nuevos mundos, quien acompaña el crecimiento personal es: el libro.

Aunque las dos referidas antes que películas fueron libros, no hablamos específicamente de esas (que hay en cantidades), ni tampoco de aquellos libros que nacieron pensados para ser filmados (que también los hay en cantidades… y se nota), sino de aquellas películas que toman al libro como figuran central. La historia viene desarrollándose de cierta manera hasta que el protagonista, generalmente un chico aunque también puede ser un ratón o una lechuza, se encuentra con un libro y ¡zas! todo cambia.

II

Hay una historia maravillosa (o bizarra, depende del cristal del lector de esta columna) del marketing argentino, que refiere Julián Gallo. Roberto Goizueta, ex director de Coca Cola, alguna vez le preguntó a sus colaboradores: “¿Cuál es nuestra participación en el estómago del cliente?”.  Es decir: de todos los líquidos que una persona puede tomar, cuánto corresponde a Coca Cola. Esa pregunta supone una competencia fenomenal: Coca Cola compite contra todos los líquidos, no solo Pepsi, sino también con el té, con el café, con el vino, incluso con el agua.

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Por P.Z.

Además de las evidentes referencias a Daniel Dafoe y Fiódor Dostoievski, a quienes convocó en Foe y El maestro de Petersburgo, la obra de J. M. Coetzee está salpicada de menciones a otros escritores. Un ejemplo que ya he citado es El buen soldado de Ford Madox Ford que circula por Juventd, la segunda parte de su autobiografía.

Coetzee, además de un gran escritor, es un escritor ideal para encontrarse y reencontrarse con los clásicos, un “abre puertas”. Las lecturas de Coetzee proponen una visión renovadora que terminan influyendo sobre la obra en cuestión. El breve ensayo que escribió sobre Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez, por ejemplo, consiguió mejorar la nouvelle del colombiano.

Coetzee también comentó a Borges, y nuevamente consiguió hacerlo desde un lugar imprevisto. “Funes el memorioso” es casi una mención obligada  en discusiones sobre la memoria -y la Memoria-, es un cliché. En Diario de un mal año, Coetzee toma a Funes -no a este Funes-, pero salta la observación sobre su asombrosa -y nefasta- capacidad de recuerdo, y avanza hacia una de las consecuencias que conlleva:

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La rehabilitación del trabajo

Por Rafael Barrett*

En nuestra sociedad el trabajo es una maldición. La sociedad, como el Dios del Génesis, castiga con el trabajo, ¿a quién? A los pobres, porque el único delito social es la miseria. La miseria se castiga con trabajos forzados. El taller es el presidio. Las máquinas son los instrumentos de tortura de la inquisición democrática.

Hemos envenenado el trabajo. Le hemos hecho temer y odiar. Le hemos convertido en la peor de las lepras.

¡Y pensar que el trabajo será un día felicidad, bendición y orgullo, que quizá lo ha sido en sus orígenes! Mientras escribo estas líneas, mi hijo -de dos años y medio- juega. Juega con tierra y con piedras, imitando a los albañiles; juega a trabajar. La idea de ser útil germina en su tierno cerebro con alegría luminosa. ¿Por qué no trabajan los hombres, alegres y jugando, como trabajan los niños? El trabajo debe ser un divino juego; el trabajo es la caricia que el genio le hace a la materia, y si la maternidad de la carne está llena de dicha, ¿no ha de estarlo también la del espíritu? Y he aquí que hemos prostituido el trabajo; hemos hecho de la naturaleza una hembra del lupanar, servida por el vicio y no por el amor; hemos transformado al obrero en siervo de eunucos y de impotentes.

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