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Archive for the ‘Lecturas’ Category

Una lectura del libro El valle de los molinos escrito por Noelia Blanco e ilustrado por Valeria Docampo (UnaLuna).

Por Coni Salgado.

¿Qué sería de nosotros sin los sueños? ¿Podríamos encontrar el sentido si no tuviéramos deseos? La vida es movimiento, pero ¿qué pasaría si la quietud se volviera permanente, si no hubiera que forzar a la imaginación para conseguir lo que deseamos? Si el viento se detuviera y el aire permaneciera quieto y estancado, sería difícil pensar en el vuelo de las semillas y así en la llegada de las primavera. Algo así parece suceder con los sueños en El valle de los molinos, escrito por Noelia Blanco. En este lugar habitados por hombres, mujeres y niños, llegan un día las máquinas perfectas, y ya no existe margen para el error.

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El escritor italiano Erri de Luca visitará la Argentina en marzo.

Por María Negroni.

Corre el mes de noviembre y, en el auditorio de la Casa Italiana de la Universidad de Nueva York, un periodista entrevista al escritor Erri de Luca por un cortometraje escrito y protagonizado por él: Di là del vetro/ Detrás del vidrio. Es cierto que no estoy ahí –sólo— por el film. Ya he leído varios libros de él –Montedidio, Tres caballos (cuya trama sorprendentemente ocurre en la Argentina de la dictadura) y El contrario de uno— y sé que es uno de esos fínísimos y escasos escritores que “descienden a la prosa para escribir poesía”. (La expresión es de Alejandro Zambra).

El cortometraje tiene la duración y la sintaxis de un sueño. Ningún argumento, salvo la intimidad de un hombre. En la cocina austera de una casa austera, el autor conversa durante una larga noche con su madre muerta. Se diría que busca ajustar cuentas con su propia vida, reconciliarse con lo que ha sido y lo que no pudo ser; en una palabra perdonar y hacerse perdonar. Cierta lentitud en los planos, cierta insistencia en los claroscuros contribuyen a crear un clima cargado de premoniciones, a condición de aclarar que se trata de premoniciones retrospectivas. Como ocurre con los poemas, ninguna glosa es posible ni deseable aquí. Lo que importa es dejarse mecer por el debe/haber emocional que allí se está exponiendo.

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Una lectura de Sobre la felicidad a ultranza (Periférica), del italiano Ugo Cornia, Premio Bérgamo de novela, con quien conversamos acerca de la escritura.

Por Valeria Tentoni. Traducción del italiano María Susana Triocci.

CorniaPublicado originalmente en 1999, Sobre la felicidad a ultranza es el primer libro de Ugo Cornia (Módena, 1965), quien luego escribiría otros como Roma La historia de mi tía. Este tomo llega a Argentina con traducción de Francisco de Julio Carrobles, en edición de Periférica; en ese catálogo también se consigue, por caso, obra de Gianni Celati. Vinculados ambos italianos por la crítica, Cornia comenzó, en efecto, publicando sus cuentos en la revista que el autor de Vidas erráticas dirigía junto a Ermanno Cavazzoni.

La historia de Ugo, el hombre que entra en el río de su propia vida y parece narrarla como quien tiene el agua a las rodillas y la cabeza al sol, obtuvo el Premio Bérgamo, que le fuera entregado en una ceremonia en la que Claudio Magris ofreció una lectio magistralis. También este año llegó a Argentina, vía cargamento europeo, libro suyo –exquisito: El conde y otros relatos, no ya por Periférica sino por Sexto Piso–. Maravillosa invasión de libros de ese país en el que se habla cantando. (más…)

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Tres maneras de entrar en Moby Dick, una tan obra urgente como los primeros álbumes de The Smiths o las películas de Fellini.

Por Andrés Hax.

Moby Dick (1851), de Herman Melville, está en la lista breve de libros que pueden cambiarte la vida. No es que te vaya a hacer más feliz, más apuesto, más productivo o más rico. Tampoco te va cambiar la manera de ver o vivir tu vida. Es más bien como vivir un mes en el bosque durante una enorme tormenta o como pasar una temporada en una ciudad medieval que no sabías que existía. Desfigura inalterablemente la memoria de una manera poética.

Si aun no lo leíste es comprensible que la idea de hacerlo te cause cierto rechazo. Puede que se parezca a uno de esos clásicos moribundos que sobrevivieron simplemente por estar en las listas curriculares de las facultades de letras. ¿Qué falta hace ilustrarse sobre la industria ballenera de Nueva Inglaterra del Siglo XIX? No parecería tan urgente.

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El nadador incansable

Con Crawl y Hospital Británico, Héctor Viel Témperley se convierte en uno de esos poetas únicos que establecen una línea divisoria entre un antes y un ahora del que ya no se puede volver.

Por Luciano Lamberti.

Hay muchas clases de escritores, pero por lo menos hay dos clases. Los que se leen desde afuera, desde la racionalidad, desde el cerebro, y los que involucran todo el cuerpo, nos saltan encima con su música, nos transportan, nos devoran como un antiguo dios imaginario y hambriento. A lo mejor Borges sea el ejemplo más remanido del primer grupo, incluso en su poesía; Viel Témperley es el ejemplo perfecto del segundo.

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Vivir con nada

Sobre Salario Mínimo. Vivir con nada, de Andrés Felipe Solano (Colección Mirada Crónica, Tusquets).

Por Mónica Yemayel.

No alcanzó. El equipo de música que les regaló un día de 2007 al despedirse no alcanzó. Seis meses lo habían albergado en esa casa humildísima del barrio de Santa Inés, en las afueras de Medellín, mientras él, Andrés Felipe Solano, fingía ser un operario textil. Compró el aparato con el último dinero que cobró en la fábrica; había conseguido trabajo clasificando prendas durante diez horas al día. Seis meses vivió como si fuera uno de ellos, subsistió con el salario mínimo, todo para después poder contarlo. Al irse de la casa quiso dejarles un recuerdo; lo habían tratado como a un hijo, un hermano, como a uno más de la familia. Una botella de aguardiente fue lo otro que compró. Para olvidar la traición. Nadie sabe cómo terminó esa noche de borrachera, ni cuántas veces habrá pensado en la despedida que ese mismo día, con torta y Coca-Cola, le habían preparado a escondidas sus compañeros de fábrica mientras él -escondiéndose también- seguía tomando notas en el baño para la crónica que escribiría al volver a Bogotá y que Soho publicó pocos meses después.

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Martín Kohan acompañó ayer a Leila Guerriero, que presentó Zona de obras (Anagrama) en la librería.

Por Martín Kohan.

Kohan+Guerriero

No podría decirse, creo yo, que Leila Guerriero sea como esa clase de maestro que definió Jacques Rancière: el que enseña lo que no sabe. Pero sí, en todo caso, y con manifiesta convicción, es la que enseña que no sabe, la que enseña que no se sabe. Porque el supuesto auge de la crónica o del periodismo narrativo (digo supuesto porque ella misma fundamenta sus fuertes dudas al respecto), y su indudable condición de referente en la materia (hay varios factores que lo prueban; mencionaré uno, el que más relevante me resulta: sus libros) la han colocado en el lugar de quien se espera que pronuncie su lección, que revele su fórmula, que explique cómo se hace, que enseñe. Y así requerida, una y otra vez, Leila Guerriero enseña, efectivamente enseña, pero otra cosa: enseña que “en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios” (13). Esta es su declaración de principios, que parece una confesión, a primera vista, pero admite leerse también como una reivindicación posible: “yo soy periodista, pero no sé nada de periodismo. Y cuando digo nada, es nada” (93). Basta leerla, al mismo tiempo, basta leer Los suicidas del fin del mundo o leer Una historia sencilla, para advertir que lo sabe todo. Lo que ocurre es que ese todo responde a una premisa socrática, o a la señal que en una entrevista le desliza un determinado mago y que apunta a ese mismo punto de partida, el de saber que no se sabe. Que no hay ni tiene que haber instrucciones, sino en todo caso algunas pistas; un recorrido necesariamente propio que cada cual habrá de procurarse, y no un discurso del método que alguien habrá de establecer y de impartir.

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Una lectura de Quiero ser artista de Pablo Ottonello (Tenemos las máquinas).

Por Valeria Tentoni.

Ottonello

“Siempre escribo de lo mismo: la sorpresa de ver una mujer. Una variante orgánica del amor. Tengo ese miedo atroz de ser un hombre vacío y leve”, escribió Pablo Ottonello (Buenos Aires, 1983) hace unos días. Es la última de las columnas que publicó en Bastión Digital, arremolinadas últimamente en su experiencia en Iowa, Estados Unidos, donde es fellow del Programa de Escritura Creativa. Allí cuenta cómo no le sale completar una consigna que le dieron en ese contexto: la escritura de una oda. Cuenta cómo lo castiga una compañera española por lo que redactó: “Si no lo vas a borrar, dijo Lara, entonces, por Dios, cambiá ‘juncos’ por otra cosa. ¡Juncos!, por favor”. En los seis relatos de Quiero ser artista, su primer libro, también ha sembrado Ottonello juncos por doquier. Y otras figuras e imágenes regresan, como una lista de reproducción en modo shuffle: la “vegetación transparente” en las caras de las mujeres, “esos pelitos finos, rubios, como cristalitos o rocío”; el útero de las mujeres como “la casa del bebé”, los embarazos, los hombres como espectadores de esos procesos; el nombre de una mujer entre todas las mujeres, que quizás sean la misma; el deseo de muchos hombres entre todos los hombres, por las mujeres, que quizás sean el mismo. (más…)

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Corazón tan rojo

Una lectura de Mi descubrimiento de América, las magníficas crónicas de viaje de Vladímir Maiakovski, publicadas por Entropía.

Por Valeria Tentoni.

Vladimir Mayakovsky, 1929

Vladimir Mayakovsky, 1929

“Como se dice/ el incidente está zanjado,/ la barca del amor/ se estrelló contra la vida cotidiana./ Estoy en paz con la vida. Inútil, recordar/ dolores/ desgracias/ y ofensas mutuas. (Maiakovski, 1930, fragmento final antes de despedirse de este mundo)”: esa leyenda acompañaba la cita en el muro de Mario Ortíz, hace unos días. En nada se parece el ánimo del futurista ruso entonces al que ostenta apenas un lustro antes en Mi descubrimiento de América, las crónicas que acaba de editar Entropía con traducción de Olga Korobenko. Allí, Maiakovski narra sus viajes a Cuba, México y Estados Unidos, entre 1925 y 1926, que continuaban un periplo que lo había llevado por reuniones y cónclaves desde principios de la década por lugares como Berlín y París. (más…)

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De martillos y clavos

El filósofo italiano Roberto Casati propone en Elogio del papel (Ariel) tomar con distancia crítica el avance de la tecnología.

Por Paco Rizi.

La primera impresión ante el ensayo Elogio del papel (Ed. Ariel), de Roberto Casati, es que está escrito por un conservador, un fetichista, un tecnófobo recalcitrante. El capítulo inicial se abre con el recuerdo acaramelado de cómo encontró la biblioteca que un «lector empedernido» mantenía en un refugio de los Alpes y los «rituales familiares» para armar las cajas de libros cuando se mudaban. Él mismo se autoparodia: «Llegados a este punto», dice, «debes de tener la impresión de tener entre las manos la enésima apología de un buen libro antiguo. Hojas susurrantes… ¡e incluso un abrecartas! ¿No es un poco exagerado?» Y algunas páginas más adelante, compara las ventajas de un libro de papel frente al lector digital. «Si un libro se cae, no se estropea. Un libro no corre el riesgo de descargarse a mitad del capítulo cuatro». Son argumentos pueriles, fáciles de rebatir.

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Francisco Angeles y Paula Bomer, dos autores que hablan de la paternidad sin caer lugares comunes ni complacencia.

Por Luciano Lamberti.

paula bomer¿Hay ideas nuevas? ¿O venimos repitiendo desde hace siglos las mismas y lo único que cambia es el punto de vista, la forma de nuestros relatos? ¿Hay algo así como experiencias universales que se transmiten de generación en generación y son vividas una vez más como únicas y nunca comprendidas? ¿Es posible decir algo nuevo sobre esos viejos temas?

Creo que sí, y voy a dar dos ejemplos. Ambos versan sobre la paternidad, en un sentido amplio de la palabra, y lo hacen de un modo que resulta perturbador porque no cae en los lugares comunes ni en la complacencia.

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La aldea de las mujeres

Un paseo por la FILSA, donde pueden encontrarse libros como El hombre semen, el testimonio real de una mujer que vivía en un pueblo sin hombres.

Por Patricio Zunini.

elhombresemenEl hombre semen, de Violette Ailhaud, me lo recomendó un italiano en el stand de las editoriales independientes de la Filsa, la Feria del Libro de Santiago de Chile. Me dijo que era el testimonio real de una mujer que había vivido en un pueblo sin hombres al que, tras años de soledad y desesperanza, llegaba un viajero. Habrá sido el título, la tapa, o la manera en que el italiano resumió el argumento, pero me atrajo como un imán.

En Chile los libros son caros, entre otras cosas porque pagan IVA. Un librero me contó que cuando salió 2666, de Roberto Bolaño, costaba 60 pesos en Argentina y en Chile el equivalente a 400: los santiaguinos lo compraban vía Mendoza. Es posible que la anécdota sea una exageración. El hombre semen está publicado por Edicola —aún no se consigue en Buenos Aires— y cuesta 5000 pesos chilenos (la relación es 680$ = 1 us$). Dependiendo de cómo se tome el cambio, cuesta alrededor de 100$ argentinos. Es un librito de 50 páginas de formato pequeño.

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A partir de la muerte de Sylvia Plath y buscando comprender su propia experiencia frustrada, Al Alvarez recorre la historia del autoaniquilamiento en El dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio (Hueders).

Por Patricio Zunini.

Morir / es un arte, como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien.
Sylvia Plath

Al Alvarez (Londres, 1929) comienza El dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio (Hueders) con un breve perfil de la poeta Sylvia Plath. Fue él quien la descubrió a comienzos de los ’60, cuando trabajaba como crítico en la sección cultural del diario “The Observer”. Plath todavía estaba casada con Ted Hughes y vivían una vida tumultuosa. En el recuerdo de Alvarez, Plath está en caída libre y la poesía funciona a un tiempo como paracaídas y lastre. Plath ya había intentado seriamente suicidarse un par de veces y, según Alvarez, aquellas experiencias le habían hecho sentir que tenía autoridad para hablar del tema; a lo largo de los años, reaparecía en sus poemas como una obsesión. Alvarez recuerda los últimos momentos de Plath, hoy trágicamente famosos. En su nueva casa —una que había pertenecido a Yeats; y justamente Alvarez toma un poema de Yeats para el título del libro—, separada de Hughes, la madrugada del 11 de febrero de 1963, dejó en la habitación de los hijos un plato de pan con manteca y dos vasos de leche, por si tenían hambre mientras esperaban a la niñera. Luego fue a la cocina, metió la cabeza en el horno y abrió la llave de gas.

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Una lectura de Las miniaturas, segunda novela de la brasileña Andréa del Fuego, publicado por Edhasa.

Por Valeria Tentoni.

las miniaturasNacida en São Paulo en 1975, sus primeras publicaciones fueron unas columnas de consejería erótica en una revista, y el seudónimo que entonces se dio para responder fue quedando, calcándose en un libro y otro, casi sin que tomara la decisión de modo completo. Andréa Fátima dos Santos se inspiró en el nombre que se dio Luz del Fuego, una bailarina, naturista y feminista brasileña que, al principio, se hacía llamar Luz divina, pero por consejo de un compañero del circo se cambió a “del Fuego” tomando como referencia una marca de lápiz labial argentino que empezaba a comercializarse entonces. (más…)

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Una lectura de Salvapantallas, de Luis Chaves (Seix Barral), a la luz de Cómo se escribe una vida, de Michael Holroyd (La Bestia Equilátera).

Por Mónica Yemayel.

libro¿Cómo reinventar el modo de contar una vida? Eran fines de los años ‘60 cuando Michael Holroyd decidió que la mejor manera de revolucionar el género era contar la vida de quién ya lo había hecho antes que él: Lytton Strachey, el autor de Eminentes Victorianos, Reina Victoria y Retratos en Miniatura, el biógrafo amado por Virginia Woolf y un extravagante del “grupo de Bloomsburry” por el que la pintora Dora Carrington se voló la cabeza poco después de su muerte en el otoño de 1932. En las manos de Holroyd, la vida de Strachey dinamitaba una vez más los modales de la biografía. «La no ficción es considerada por algunos críticos como no creativa… como si fuera el tema lo que le confiere creatividad a un artista», dice el escritor inglés en Cómo se escribe una vida, una compilación de sus ensayos publicados a lo largo de las últimas cuatro décadas. Piezas sobre biografía y autobiografía, sobre el arte de escribir la vida propia y las ajenas. Han quedado atrás las obras monumentales, rectilíneas y exhaustivas, dice Holroyd; tal vez, porque ya no se escriben cartas ni diarios. Matías Serra Bradford arriesga algo más en el prólogo: tal vez, las vidas se han vuelto menos interesantes; y dice que la nueva biografía que ha surgido es recortada, jibarizada; son tramos de vida escritos en el límite entre géneros; autores experimentando en busca de «una forma que la vida real no tuvo y que ahora tendrá para siempre».

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La tortilla de papas, escrito por Sandra Siemens e ilustrado por Claudia Degliuomini (del Naranjo) y ha sido seleccionado por el catálogo White Ravens.

Por Coni Salgado.

Los libros seleccionados para el catálogo White Ravens han sido anunciados esta semana. Como cada año, la Internationale Jugendbibliothek (International Youth Library) elige y confecciona un catálogo formado por 200 títulos que son seleccionados entre 50 países y escritos en 30 lenguas diferentes. Se trata de libros que han sido publicados el año pasado y en la elección se toma en cuenta los diversos temas, el rupturismo literario, la originalidad, la calidad en el diseño gráfico editorial y la belleza como producción total de literatura infantil y juvenil. Unos veinte especialistas y amantes de los libros para niños y jóvenes, reciben, evalúan y deciden cuáles serán los especialmente recomendados al mundo para su lectura.

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La estética actual del monstruo lo distancia de su verdadero significado: un recorrido por los cuentos de Karen Russell, el cine sueco y estadounidense y los ensayos sobre el gótico de María Negroni.

Por Luciano Lamberti.

Malos tiempos para ser vampiro. Lo demuestra muy bien el cuento que le da nombre al libro Vampiros y limones, de Karen Rusell, la misma que con la novela Tierra de caimanes, una especie de libro autobiográfico sobre el profundo sur con componentes fantásticos, cosechó elogios en todas partes y fue definida como “realista mágica”. El protagonista del cuento es un viejo y gastado vampiro que se sienta junto a unos limoneros italianos a ver pasar la gente. Cada tanto recibe la visita de su amante, la antigua compañera que le ha enseñado que todo lo que se cree sobre los vampiros (excepto que son inmortales y pueden transformarse en animales) es falso, incluso la necesidad de sangre humana, que bien puede ser reemplazada por el jugo de unos buenos limones. ¿Y qué es, para un vampiro, la ingestión de sangre humana? La fuerza natural que los moviliza, lo que los distingue de cualquier otro animal nocturno, su animalidad. Lo sensual, lo atractivo de los vampiros es que están más cerca de los animales que de los hombres.

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Una lectura de Una vida hermosa, biografía de Luis Alberto Spinetta, escrita por Miguel Grinberg (Atlántida).

Por Irina Ponti.

No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que
el lenguaje de las palabras sea el mejor posible.
Antonin Artaud

La anécdota me la contó un periodista cuando me vio con Una vida hermosa, la biografía de Luis Alberto Spinetta que escribió Miguel Grinberg (Ed. Atlántida). Me dijo que un par de meses atrás se lo cruzó a Grinberg por la calle y le habló de un recital que Spinetta dio un sábado por la mañana —eran tiempos de dictadura— en el Teatro Odeón. Grinberg, que había sido el productor de aquel concierto, se lo acordaba a la perfección. “En un momento alguien del público lo insultó a Luis”, recordó Grinberg, “y él paró la música y le preguntó: ¿Esa es tu forma de dar amor?”.

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Cómo la novela de Conrad revisitada por Coppola influye en la guerra moderna.

Por Andrés Hax.

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La película “Apocalypse Now” (1979), dirigida por Francis Ford Coppola, está repleta de frases que han entrado al imaginario colectivo, como la famosísima: “I love the smell of napalm in the morning” (Me encanta el olor del napalm por la mañana). Sin duda este pronunciamiento está entre los más icónicos del cine, junto con: “May the force be with you”, “Play it again, Sam”, “I´m going to make him an offer he can´t refuse.”

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En la Argentina el “negocio de la memoria” se mira desde la función del Estado, no desde las víctimas. Tal vez haya que dejar pasar 70 años para que alguien escriba una novela como El lienzo, de Benjamin Stein (Adriana Hidalgo).

Por Patricio Zunini.

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Decía Raymond Queneau que el origen de sus Ejercicios de estilo estaba en “El arte de la fuga” de Bach. Fue a la salida de un concierto cuando pensó reproducir el juego en el plano literario, «considerando la obra de Bach, no desde el ángulo del contrapunto y fuga, sino como construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en torno a un tema bastante nimio».

Ejercicios de estilo parte de esta historia:

En el autobús de la línea S en el horario pico. Un tipo de unos veintiséis años, de sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, de cuello demasiado largo como si le hubieran tirado del cuello. La gente baja del autobús. El tipo al que nos referimos está enfadado con el hombre que tiene al lado. Le reprocha que cada vez que pasa alguien lo empuja. Tono quejoso pero en el fondo agresivo. Cuando ve un lugar libre, se abalanza sobre él. Dos horas más tarde lo vuelvo a ver en la Plaza de Roma, delante de la estación del ferrocarril Saint-Lazare. Está con un compañero al que le dice: “Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo”. Le indica dónde (en la solapa) y por qué.

A lo largo del libro, Queneau cuenta la misma historia en noventa y nueve variaciones. Cambia el estilo, el tiempo verbal, la cronología, los puntos de vista. El resultado, en lugar de agotar la situación, la vuelve ambigua. Por momentos es tan diferente que hasta parecería que está contando algo distinto.

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