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Archive for the ‘Out and about’ Category

La reunión de la voz y la poesía. Valeria Meiller piensa en la obra reunida de Tamara Kamenszain y la de Arturo Carrera en relación a una performance de Vivi Tellas en Malba.

Por Valeria Meiller.

New York, 10 de Agosto de 2015

La primera vez que leí a Arturo Carrera, no lo leí: lo escuché en la respiración aspirada de Tamara Kamenszain. El poema era de Children’s Corner y la edición, oscura y con destellos dorados, era de Tusquets. La voz de Tamara llegaba al final de los versos como desvaneciéndose, en un hilito de aire y desde allí volvía a aspirarse para encabalgarse con el verso con el siguiente. Era una respiración asmática, aunque eso aún yo no lo supiera y, como ella misma dice en El libro de los divanes (Adriana Hidalgo, 2015), al asma en su familia sólo se lo nombre como eufemismo. De ese poema recuerdo de memoria una línea: “Hiciste de la pesca/ tu pasión. / ¿Cabe decir que un niño / tenga pasión?” y cada vez que pienso en ella vuelve con el eco de la voz de Tamara, aunque después la voz de Arturo, a quién no escucharía sino hasta más tarde, se le superponga con su respiración susurrada y el poema entra en mi memoria en dúo: recitado por las voces de los dos, lo cual no es extraño ya que tanto Tamara como Arturo forman parte del coro en el que se reúnen, junto con otras, las voces de una misma generación.

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La correspondencia como viaje en el espacio y el tiempo: Valeria Meiller reflexiona sobre las cartas, la obra de Sophie Calle expuesta en el Centro Cultural Kirchner y el paso del tiempo.

Por Valeria Meiller

Buenos Aires, 4 de Junio de 2015

Siempre me obsesionó la correspondencia. Las cartas, y después los emails, ocuparon desde la infancia un lugar importante en mi vida. La explicación que encuentro está primero relacionada al espacio, y después a la escritura. Durante la niñez y la adolescencia, nuestras correspondencia –desde los sobres de la burocracia hasta las cartas navideñas o las postales de cumpleaños– llegaron a la casilla número 42 de la oficina de correo del pueblo. Con mi familia vivíamos en las afueras, así que cada día repetíamos la rutina de pasar por el correo a buscar nuestra correspondencia, y después caminar la cuadra que separaba la oficina de correo del kiosco de revistas donde recibíamos el diario, e ir ojeando los sobres mientras caminábamos por la calle. La segunda explicación, la literaria, empezó primero con las historias que escuchaba de mis abuelos y de mis padres. En mi familia existían vidas enteras que se habían forjado como destino epistolar: el intercambio amoroso de noticias, por ejemplo, de mis abuelos en su juventud. O, incluso más atrás, las cartas de un bisabuelo tuberculoso que, desde las sierras de Córdoba le escribía a su mujer, a quién había dejado sola en Buenos Aires con cuatro hijos.

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Valeria Meiller continúa su diario de viajes con el recuerdo de cuando subió al auto de un desconocido en Nueva York.

Por Valeria Meiller.

outandaboutVI

New York, 1 de Mayo de 2015

De mi vida en Brooklyn guardo una escena aislada, como un fragmento de una película vista, que es propia pero recapitulo con la distancia con que uno mira la vida de los otros. Una mañana, regresando de la oficina de correo en el frío de diciembre, me subí al auto de un completo desconocido que se ofreció a llevarme porque me vio cargando una caja pesada.

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El campo y la ciudad

La ciudad, asfixiante y violenta.

Por Valeria Meiller

New York, 4 de Mayo de 2015

Durante mi adolescencia, en la que religiosamente y en contra de la prohibición de la familia, fumé un cigarrillo diario sentada en el marco de la ventana de mi habitación antes de acostarme, asistí a la misma visión: un par de casas, unidas por caminos de laja y protegidas, cada una de ellas, por las bondades de un jardín en el que los arbustos y las flores tomaban turnos para florecer durante el año. Más allá, estaba el taller de los varones –donde se daba reunión la misteriosa ortopedia de las herramientas y las caparazones metálicas de las máquinas, signos inexpugnables de un poderío raro y varonil. En una época, llegó a haber ahí un avión en el que mi abuelo volaba hasta Córdoba y hubo también varios acoplados que, como marcas del derrumbe de ciertas transiciones, mi padre iba abandonando por temporadas. A un costado del taller, se levantaba el tanque de agua y la primera manga, donde de día la faena congregaba indistintamente al ganado y a la población civil -el personal y los veterinarios, los conductores de camiones jaula y mis parientes. Después, empezaban los caminos de tierra, ágiles al principio y cada vez menos demarcados a medida que se alejaban campo adentro, donde separados por tranqueras casi siempre cerradas, se organizaban los potreros y sus funciones: pasturas, sembrados o bajos muertos que no servían de mucho. Los árboles del monte, en su mayoría eucaliptus o álamos sembrados, se hamacaban circulándonos y creaban un vaivén suave que tapaba y destapaba diferentes partes del cielo. Dependiendo de las estaciones y regidos por los partes del clima –cuya nubosidad, siempre variable, determinaba la visibilidad de las constelaciones-, en la pampa la noche se hacía presente casi siempre igual, mínima en sus alteraciones.

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Taxi

El día y la noche como metáfora de lo que se muestra y se oculta es un clisé.

Por Valeria Meiller.

New York, 23 de Marzo de 2015

Caminamos –es casi medianoche y a primera vista la ciudad parece dormida, salvo por el vapor que siempre asciende de las alcantarillas y los taxis amarillos que dejamos pasar mientras termino de fumar.

—¿Este? —me pregunta.

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“Una de las primeras semanas después de haberme mudado, los chicos que hanguean en la esquina me gritaron snow white“.

Por Valeria Meiller.

Moscú – 21 de Marzo de 2015

1. “Nieva en todas las estaciones” se llama el poema de mi amiga Lucía en el que un grupo de jóvenes cava durante meses en un reformatorio de la Florida. En su texto, el jabón y la nieve son igualmente blancos, y tienen una existencia efímera –similar a la de los niños que desaparecen bajo el peso de sus propias palas en el campo de trabajo forzado para que un grupo de forenses, durante una excavación muchos años después, encuentre sus huesos y adivine sus edades por la consistencia. La blancura de los huesos de los niños de su poema es apenas menos contingente que la consistencia de la nieve –comparten su fragilidad.

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Viajar en tren

El tren entre las conexiones del nervio óptico y la velocidad.

Por Valeria Meiller.

Le Mee Sur Seine, 19 de Marzo de 2015

Una amiga que vive en Brooklyn me cuenta que las horas que pasa en los trenes a Bunswich, que es donde está la universidad en la que estudia, son las más valiosas de su semana. “En el tren que me lleva a Rutgers es donde mejor me concentro para estudiar”, me dice. No esperaba esa respuesta: cuando le pregunté por esos viajes, imaginaba una larga catarata de quejas donde el tedio del tiempo muerto se superpusiera al aburrimiento y al cansancio. Otra amiga, que enseña en Princeton pero viaja seguido a Nueva York, me cuenta que los trenes que la llevan de Princeton Junction a Penn Station son su lugar preferido para estar triste. “Siempre lloro en el tren de Princeton a New York”, me dice. Otra vez, no esperaba un comentario así: pero el dramatismo y la belleza de la escena que imagino -todavía es invierno y el trayecto está todo nevado- me fascinan. Una semana más tarde, tengo que viajar a Washington DC y le escribo a un amigo americano para preguntarle cuál es la mejor manera de llegar -me alegro cuando como respuesta recibo un mensaje de una sola palabra: train.

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Diario de viajes y crónicas de lectura. Iniciamos una nueva sección a cargo de Valeria Meiller, autora de El recreo y El mes raro, entre otros títulos.

Por Valeria Meiller.

juanadearco

Le Mee Sur Seine, Francia, 6 de Marzo de 2015

El primer día en París visito Notre Dame. Sopla un viento fuerte y me pongo en la línea de personas que se forma en la esquina lateral de la catedral. No estoy segura hacia dónde me lleve seguir a ese grupo humano, pero en las vacaciones parece siempre lo correcto unirse al espíritu curioso del resto de los turistas y seguir la corriente. Avanzamos lentamente –una pareja que, adivino, es de recién casados se abraza para protejerse del frío delante de mí. Los envidio un poco. O tal vez no. Cuando por fin entramos, la hilera me conduce por una escalera de caracol que se hace cada vez más angosta. Subimos hacia los campanarios, hacia la vista panorámica de la ciudad, porque, como indican las inscripciones en las paredes de piedra, Notre Dame es el centro desde el cual París entera se derrama, en todas las direcciones en las que creció a lo largo del tiempo.

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