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Posts Tagged ‘Elvio Gandolfo’

Novelas largas

Elvio Gandolfo compiló en La mujer de mi vida (Letra Sudaca) las columnas que escribió en la revista homónima y pueden leerse como una autobiografía del lector. Brillante, ocurrente, profundo, Gandolfo trata a la literatura con astucia y sin reverencia. Y deja preguntas que exigen respuestas. Publicamos aquí el artículo de abril de 2007.

Por Elvio Gandolfo.

Hay un momento en que uno odia la computadora: cuando empieza a conectarse con Internet, y la barra azul al pie de la pantalla avanza con una lentitud mortal, milésima de milímetro a milésima de milímetro. Muchas veces eso termina en que el contacto con el sitio elegido se interrumpe con cualquiera de esos carteles medio incomprensibles y superfrustrantes del aparato, que incluyen posibilidades de resolver el trancazo que rara vez funcionan.

Algo parecido me pasa con muchas de las novelas largas que he tratado de leer últimamente. Eso me puso a pensar en un capítulo de ese diario o autobiografía que nunca escribí. El capítulo sobre el tema se titularía: «Libros largos que leí (y otros que no)». Cuando hago la cuenta, la cantidad de libros largos que empecé y no terminé es muy superior en los últimos quince años, digamos.

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En 2010, pocos meses antes de que Fogwill muriera, la editorial Alfaguara publicó los Cuentos completos del autor. Publicamos aquí el prólogo de Gandolfo al volumen.

Por Elvio Gandolfo.

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En este volumen figuran casi todos los cuentos de Fogwill. Quedaron afuera los que considera descartables. En algún reportaje el autor declaró humildemente que creía contarse entre los mejores treinta narradores de la Argentina. Y es cierto: planteada una buena antología de treinta cuentos argentinos, que incluyera las mejores piezas, compiladas por un imparcial juez de cuentos, libre de amiguismos y compromisos, allí, en el primer escalón, Fogwill estaría compartiendo espacio con Borges, con Arlt, con Roberto Fontanarrosa.

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Un refugio, una pura conciencia va de la mirada a la reflexión, un murmullo que rebota.

Texto y fotos: Jorge Consiglio.

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El día fue tremendo por el aire, el calor, la luminosidad. Son las siete y media de la tarde. Bajo por Callao y me meto en La Ópera. Cambiaron las sillas. Ahora hay unas demasiado mullidas. Son butacones cifrados en la idea de intimidad. Fracasan. Es obvio. No hay salvación para estos asientos, pobre remedo de las buenas sillas, de esas que por su simpleza —por la representación del mundo que las respaldaba— parecían condicionar lo que se hablaba en las mesas.

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Les presentamos el cuento “Química y tabaco”, incluído en la antología Vagón fumador, compilada por Damián Ríos y Mariano Blatt, que ayer salió publicado en la revista del diario La Nación.

 

Por Elvio Gandolfo*

Nunca llegué a fumar. No me atacó la costumbre en la secundaria, el momento ideal. Igual no sabía qué hacer con las manos en los ascensores, cuando iba al centro, a entregar trabajos del lugar donde era cadete. Sospecho que eso retrasó considerablemente mi avance, no hacia la madurez, sino hacia la imagen de la madurez. Lo que veo cuando miro con el recuerdo aquellos años es invento puro, desde luego, pero psicogeográficamente creo que se ajusta bastante a la verdad.

Tenía poco más de diecisiete años y me invitaban a la única reunión del año que yo solía aceptar con tipos y tipas de más o menos mi misma edad. Justamente porque no quería dar la imagen de la edad que tenía, tenía un neurótico profundo oculto en alguna parte de mi espíritu que me llevaba a proyectar una imagen supuestamente mucho más madura. Así que no bailaba, no hablaba, no me reía, me quedaba en un rincón del cuarto cargado de tipos como yo pero distintos, y mascullaba entre dientes mi aburrimiento o mi rencor, sobre todo cuando alguna mujer (o muchacha) se acercaba y me invitaba explícita, verbalmente, a bailar.

“No”, decía yo, corto, seco, casi un fumador, pero sin cigarrillo, con las comisuras de los labios hacia abajo y una barba de tres o cuatro días. Si era alguien que me gustaba mucho, agregaba: “Gracias”.

Y cuando miraba desde lejos a los que fumaban, si los había, empleaba un tono resentido para pensar: “Que fumen ellos, si quieren”.

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