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Posts Tagged ‘Luis Negrón’

El puertorriqueño Luis Negrón habla del libro de cuentos Mundo cruel (Páprika): “Leer a Manuel Puig es como abrazar a alguien que ya conoces”, dice.

Por Patricio Zunini.

negronluis(c)maxipapandreaLejos de ser un catálogo de penurias o de bondades, los once cuentos que componen Mundo Cruel, del puertorriqueño Luis Negrón (Ed. Páprika), tienen al tema gay como eje principal. Pero, como dice Antonio Jiménez Morato, en el libro hay más de lucha de clases que de reivindicaciones sobre derechos para minorías. Las historias, que desbordan de humor, van del melodrama a la sátira, del camp al kitsch. “Me gustan los subgéneros”, dice Negrón, “como me gustan mis novios más feítos”.

Luis Negrón estuvo en Buenos Aires y con él hablamos de Mundo cruel.

—El humor siempre nos desarma. Si estás peleando con alguien y en el momento dices algo que los hace reír, es más fácil para cambiar el tono y acercarse. La risa quiebra y une a la misma vez. El humor se utiliza como una lingua franca. Es lo que une a todo el mundo, casi siempre un empieza con un chistecito para romper el hielo, la broma nos acerca.

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El jardín

Los cuentos del puertorriqueño Luis Negrón son armas poderosas contra la crueldad del mundo. Presentamos aquí uno de los cuentos incluidos en el volumen Mundo cruel, que acaba de publicar la editorial Páprika.

Por Luis Negrón.

mundocruelSharon aprovechó que lavábamos los platos para decirme que había estado pensando en el día en que Willie, mi amante, ya no estuviera.

—No paro de pensar en eso, Nestito. Lo veo todo el tiempo amotetado y cada vez empeora más. Como si presintiera que se nos va.

Es cierto. Lo presentía desde aquella tarde en que recibió los resultados y los metió en el bolsillo de su pantalón, asumiendo de inmediato su realidad. Yo lo conocí esa misma noche. En una fiesta de lesbianas en Miramar. Cuando nos presentaron traté de establecer una conversación con él, pero al pasar unos minutos pareció aburrido; se excusó y fue a hablar con unas chicas. Me ignoró toda la noche. Era rubio, con brazos bien formados, pecho amplio. Un blanquito (con lo que me mataban y me matan los blanquitos). Hice lo que pude por llamar su atención: me reí duro, hablé alto y hasta pasé los pasapalos de jamón entre los invitados, pero solo miró el plato y dijo con la cabeza que no. En una me senté solo y puse cara de melancólico para ver si le daba pena, pero nada. Hasta que llegó la hora de irme y dije que me iba, que la última guagua pasaba a las once. Él entonces:

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