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Posts Tagged ‘Vladimir Nabokov’

Tres maneras de la libertad en tres escritores: Nabokov, viviendo en hoteles. Tranströmer, tocando el piano. Onetti, escribiendo sin horario. Bonus track: Mario Vargas Llosa sobre el uruguayo.

Por Valeria Tentoni.

Entre 1961 y su muerte, en 1977, Vladimir Nabokov ocupó una suite del Palace Hotel en Montreux, Suiza. “Vivir en hoteles me confirma en mi hábito favorito: el hábito de la libertad”, explicó.

En este video lo vemos en una emisión en directo de la televisión francesa, en el programa Apostrophes, entrevistado por Bernárd Pivot. Las primeras preguntas que se le hacen circulan alrededor de su rutina de trabajo en estos años en que ya vivía de ese modo; según explica, tiene dos turnos productivos. Uno a la mañana y otro a la tarde, hasta la cena. En medio almuerza, lee su correspondencia y da paseos con su esposa, sueña una segunda vida feliz como cazador de mariposas.  (más…)

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La lengua partida

“Todo lo que tiene que hacer un órgano para enunciar una sola palabra, para convocar la sensualidad.”

Por Virginia Cosin.

a¿Cómo es posible que sepa cosas que no sé decir?

Si estiro la lengua hacia afuera, para que salga de la boca, hasta sentir que se desgarra, y no alcanzo a tocar la idea, o me quedo pegada, como si intentara lamer un bloque de hielo seco, de la idea solo queda la llaga. Una lastimadura con forma de no sé decir lo que quiero decir, de lo que quiero decir no existe porque de otro modo lo diría. Lo que quiero (decir) se me escapa, se pierde en los intersticios que abren las palabras entre sí, dentro de sí. La palabra es una forma agujereada. Se la puede atravesar, pasar un pie o una mano, cualquier parte del cuerpo, sin llegar nunca a pasar del otro lado. La palabra encarna, encaja, es la piel de lo que se dice, de lo que, desde que se dice, acontece. A la palabra se la puede doblar, atar, retorcer, partir, picar, pulverizar. Es algo y a la vez, nada. Tajada y filo que rebana.

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Personajes de carne y hueso –y encías débiles– son más profundos que cualquier ensayo de deconstrucción.

Por Virginia Cosin.

El escritor inglés Martin Amis dedica, en su libro de memorias (Experiencia, 2000), varios capítulos a su dentadura.

El pequeño Martin nació en una familia de clase más bien baja y, a medida que su padre, el escritor Kingsley Amis, fue haciéndose más y más famoso y reconocido, accedió a la clase de los “nuevos ricos”. Martin era mucho más bajito que el resto de sus amigos e incluso que su propio hermano, un año mayor que él. La genética no sólo conspiró en lo concerniente a su altura, sino que también heredó los problemas dentales de la rama materna de la familia. Desde muy joven —antes, incluso, de que entrara a estudiar a Oxford— empezó a sufrir horrorosos dolores de muelas que, al cumplir cuarenta años, le fueron extirpadas junto a la totalidad de las piezas dentarias debido a un tumor en el maxilar inferior.

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