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Posts Tagged ‘William Styron’

La crónica de Styron tiene un tono medido, reposado, como el de alguien que quedó atrapado en el fondo del mar.

Por Virginia Cosin.

Algunos llegan sólo hasta la orilla, observan el vaivén de las olas y se dejan mojar los empeines. El horizonte es una obra de arte que sugiere lo inalcanzable. Lo observan y se van, siguen con sus vidas en tierra firme. Usan lentes para ver de lejos y de cerca. Otros dan algunos pasos, entran un poco más, el frío asciende por los muslos, el abdomen –la misma temperatura se percibe de formas distintas en distintos lugares del cuerpo- y el agua les llega hasta el cuello. Otros sumergen la cabeza, abren los ojos, observan el mundo submarino, la vida de los peces y de las algas, salen y respiran. Otros no consiguen salir. Cuerpo y cabeza quedan atrapados, son atrapados por algún tipo de red, o de gancho, algo hecho de hilos invisibles pero fuertes como el demonio. Cuando el aire empieza a faltar y los corales desaparecen, todo se pone negro y la desesperación muestra sus dientes.

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A partir de la muerte de Sylvia Plath y buscando comprender su propia experiencia frustrada, Al Alvarez recorre la historia del autoaniquilamiento en El dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio (Hueders).

Por Patricio Zunini.

Morir / es un arte, como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien.
Sylvia Plath

Al Alvarez (Londres, 1929) comienza El dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio (Hueders) con un breve perfil de la poeta Sylvia Plath. Fue él quien la descubrió a comienzos de los ’60, cuando trabajaba como crítico en la sección cultural del diario “The Observer”. Plath todavía estaba casada con Ted Hughes y vivían una vida tumultuosa. En el recuerdo de Alvarez, Plath está en caída libre y la poesía funciona a un tiempo como paracaídas y lastre. Plath ya había intentado seriamente suicidarse un par de veces y, según Alvarez, aquellas experiencias le habían hecho sentir que tenía autoridad para hablar del tema; a lo largo de los años, reaparecía en sus poemas como una obsesión. Alvarez recuerda los últimos momentos de Plath, hoy trágicamente famosos. En su nueva casa —una que había pertenecido a Yeats; y justamente Alvarez toma un poema de Yeats para el título del libro—, separada de Hughes, la madrugada del 11 de febrero de 1963, dejó en la habitación de los hijos un plato de pan con manteca y dos vasos de leche, por si tenían hambre mientras esperaban a la niñera. Luego fue a la cocina, metió la cabeza en el horno y abrió la llave de gas.

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